“Tengo esa imagen en la cabeza, cuando un enfermero se le subió a una mujer para que su bebé saliera. A mí me dio miedo”: Andrea Arias

“Ese día murió algo en mí”: Mónica Ochoa

“Lo que yo pensaba que iba a ser algo bonito para recordar es ahora mi pesadilla”: Mónica Ochoa

SILENCIADAS

Por Xenia Oliva

Por Xenia Oliva

Jessica Orellana

Jessica Orellana

Las historias que no se han podido evitar

Durante meses, GatoEncerrado y El Diario de Hoy hablaron con varias madres que accedieron a compartir sus experiencias al momento del parto. Han sido historias de dolor que no se han podido evitar, pese a las guías de atención existentes. La Ley Nacer con Cariño trae la esperanza de que, con más recursos al personal de salud y educación se prevengan más casos, sin embargo, para ellas no existen medios que les facilite el denunciar o que reciban apoyo psicológico para atender su trauma. Aunque hay casos en los que han pasado años, la herida de haber perdido su autonomía y su momento especial sigue latente.

Maniobras de alto riesgo

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Mi nombre es Rocío García y tuve mi parto el 4 de junio de 2020 en el Hospital Primero de Mayo del Seguro Social. Yo fui al hospital el 2 de junio, pero me mandaron de regreso, cuando llegué el 4 me dijeron que tenía preeclampsia grave. Pese a ser paciente de riesgo, pasé más de 12 horas en espera. La presión se me subía y vomitaba, tenía que tener los ojos vendados porque si veía la luz me daban ganas de vomitar. Cuando ingresé me habían dicho que me tenían que hacer cesárea, yo pedía a los médicos ayuda, pero no me hacían caso. 

Cuando ya había dado total llegó un doctor gordito y me decía que pujara, y me metió los codos por la boca del estómago y me empujó bastante a la niña, sentí que me había quedado al lado de abajo del vientre. Después del cambio de turno llegó otro doctor a decirme que mi niña tenía golpeadita la cabeza, que se había golpeado en el hueso de la pelvis, que me tenían que hacer una cesárea de emergencia. 

Tuve que estar en la UCI y cuando al fin pude ver a mi bebé, vi que tenía la cabecita aplastada y me puse a llorar y me regañaron que por qué estaba llorando, que era normal. Anduve la misma mascarilla por seis días, bien curtidita se veía ya, no nos cambiaban la mascarilla. La verdad, sentí que me trataron mal. Para mí la experiencia fue mala aunque estoy muy feliz de tener a mi niña a mi lado, pero me hubiera gustado que me evitaran tanto sufrimiento.  

Mi nombre es Mónica María Ochoa, tengo 37 años. Mi bebé se llamaba Mariana Abigail. Mi parto fue el 9 de septiembre de 2020 en el Hospital Nacional de la Mujer donde ya tenía expediente porque había tenido síntomas de preeclampsia. Llegué con la fuente rota a las 3:15 de la madrugada, seguía expulsando agua tanto en mi casa como en el hospital. 

En el área de emergencia me hicieron el tacto y después me dejaron esperando. Me seguía mojando pero decían que era normal. Subí a labor de parto pasadas las 6:00 de la mañana. Ahí empieza el desfile de médicos que le llegan a puyar a uno aunque les decía que no aguantaba el dolor. Al mediodía le dije a uno de los doctores que sentía que la bebé no se movía de la misma forma. La última vez que me salió líquido lo veía sucio. Me conectaron a una máquina y me dejaron más de una hora, los doctores como que no podían ver lo que necesitaban. Llamaron a otra doctora, ella sí pudo usarla y me dijo que mi bebé había perdido ritmo cardíaco y que haría una cesárea de emergencia. Ella me iba a operar, pero se tuvo que ir a otra sala. Me dejaron esperando hasta que grité que ya no aguantaba y me llevaron a uno de los quirófanos de la sala de emergencia. 

Cuando la bebé nació, costó que llorara Me dijeron que había nacido cansada y que había tenido sufrimiento fetal. Solo la pude ver unos minutos, le dije Dios te bendiga, mi amor. Ya estás conmigo. Pero me dijeron que la tenían que llevar a la Unidad de Cuidados Mínimos y que yo la podía ir a ver o me la iban llevar, pero nunca lo hicieron. 

Cuando me llevaron a la sala de recuperación, el enfermero se molestó porque no podía moverme sola de la camilla a la cama. Los tres días que estuve ingresada fueron difíciles, me costaba moverme, no tenía ni sandalias porque no dejaron que entrara mis cosas. Estuve con la misma mascarilla. 

Cuando me dieron el alta no pude llevarme a mi bebé, dijeron que le estaban haciendo exámenes. Tuve que rogar varias horas para que me dejaran verla. De mala gana, una enfermera me la llevó y la puso en una cunita con otro bebé, pero me dijo que no podía tocarla. Pasé el día siguiente llamando. Cuando contestaron, me dijeron que podía ir a traerla, que todo estaba bien. Los siguientes días fuimos muy felices, la niña era tan alegre, no tuvo ningún síntoma, ni fiebre, ni mocos, ni nada. Pero a los 15 días, una noche ella no dejaba de llorar, no sabíamos por qué. Mi hermana y su pareja nos llevaron a Fosalud de San Marcos, costó que abrieran. 

Cuando al fin apareció la doctora tomó a mi bebé y me dijo que ya no tenía signos vitales. No quiso revisarla más ni intentar hacer ninguna maniobra de reanimación. Solo que la bebé estaba muerta. No explicaron más. Yo entré en shock. Los policías que llegaron cuestionaban si yo había maltratado a la bebé. La gente de Medicina Legal fue la única que me trató con amabilidad. 

De Medicina Legal se la llevaron para la autopsia. Tras muchas horas de espera, un médico me llamó y me preguntó “¿qué le pasó a la niña?”, me dijo que él la había revisado y se veía bien cuidada. Yo le conté lo que pasó en el hospital, lo del sufrimiento fetal, le enseñé los documentos que me habían dado donde decía que había superado el cansancio. Él me dijo que tuvo un edema pulmonar, que era posible que hubiera tragado líquido amniótico. 

No entiendo. Hice todo lo que debía hacer cuando estaba embarazada. Ha  sido muy duro, me he quedado con su cuna vacía. Ese día murió algo de mí. Siento feo ver otros bebés y no tener la mía. Cuando llegué al hospital jamás me imaginé que ese es el trato que le dan. Al compartir mi experiencia, escucho historias similares. 

A la semana de su muerte, me mandaron un citatorio de la Fiscalía. Decía que querían que se presentara la señora Mariana, el nombre de mi niña. Hasta decía que si no llegaba iban a llegar con la Policía a mi casa. 

Fui y les dije que por qué habían puesto el nombre de mi bebé, pero la fiscal que hizo el citatorio no estaba y que yo tenía que volver. Me preguntaban si yo había pedido que investigaran. Cuando volví a llegar tampoco estaba la fiscal, pero esta vez la asistente me pidió todo mi relato. Me dijeron que en Medicina Legal solo me habían dado la esquela de la autopsia, que yo no podía pedir el reporte completo. Después de varias citas cambiaron a la fiscal. La nueva fiscal me dijo que no sabía nada del caso, que aún no tenía la información de la autopsia.  

Yo paso llamando, no me explican qué están investigando. Recientemente han vuelto a cambiar a la fiscal. Cada vez que la cambian me hacen relatar los hechos. No sé qué quiere hacer la Fiscalía conmigo. Yo no tengo dinero para pagar abogados y hacer una investigación, pero aunque quisiera denunciar, la vida de mi hija no me la van a devolver. 

El sistema se ensaña contra una madre desconsolada

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Malos recuerdos

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Mi nombre es Andrea Natalia Arias y tengo 24 años. Mi bebé nació el 17 de junio de 2020, pero estuve en el Hospital Primero de Mayo del Seguro desde el 15 de junio. Todos mis controles los llevé en la clínica de Santa Anita, es un buen centro, muy organizado y pensé que iba a ser igual en el hospital, pero no. El 12 de junio comencé a tener contracciones y llamé a la línea de atención del Seguro y me dijeron que fuera al hospital. Estuve dos días, pero solo dilaté un centímetro. Me dieron el alta y me dijeron que llegara el 15 de junio, que como ya estaba en labor de parto me iban a inducir con las tomas de pastillas abortivas. El día que llegué no me dieron nada, me dejaron en observación. Al día siguiente me las comenzaron a dar. Yo pregunté cómo se llamaban, pero no me quisieron decir. Pasé con muchas contracciones, porque esas pastillas dan muchos dolores, mucho más de lo normal. Aún así solo dilaté tres centímetros, con las tres tomas. A medianoche rompí fuente. Me pasaron a la sala de labor de partos. Le dije a la doctora que no creía poder dilatar más, pero dijeron que iban a hacer lo posible. 

Ahí comenzó mi calvario. Los dolores eran muy fuertes, me decían que me callara. Me daban calambres en todo el cuerpo. Me decían que no podía hacer nada, que solo me quedara ahí. En total me dieron cinco tomas. Llegué a tener contracciones cada 10 segundos. Yo les hablaba, no me hacían caso, quería ir al baño y no me dejaban moverme. También oía cómo trataban a las otras pacientes. A una se le subieron encima para apretarle y que tuviera al bebé. Me puse mal de la presión, pero aún así me dijeron que tenía que esperar, les pedía llorando que mejor me hicieran cesárea, pero me dijeron que ellas eran las especialistas. Decían después que si con el suero no dilataba más sí harían la cesárea. Para el mediodía, después del suero, sentía que ya no podía respirar, ese suero me puso peor, sentía que las contracciones eran permanentes. Pedí varias veces si me podían poner oxígeno, a la cuarta llegó una enfermera que me puso el respirador, pero no lo encendió. Un conocido de la familia llegó a verme, le pedí que hicieran lo posible por salvar a mi bebé, porque yo ya me sentía muy mal, sentía que solo me quería quedar dormida. Gracias a él agilizaron mi caso y en cuestión de una hora me habían hecho la cesárea. 

Habían pasado 48 horas sin haber comido, sin haber bebido agua. Como estaba muy débil no pude volver a ver a mi bebé hasta el 19. 

Me ha quedado un dolor permanente en la espalda por la epidural. En el momento que me duele me pongo mal, porque recuerdo todo lo que pasé. Es un trauma feo. Quería que me esterilizaran y no me dejaron. Pero cuando iba a salir del hospital querían obligarme a inyectarme, aunque les dije que no tenía pareja. En todo mi embarazo fui muy organizada. Intenté disfrutar porque era mi primera hija. Era muy feliz para mí ser mamá. Tener un hijo duele, pero no sabía que iba a tener tan mal trato, tan malos recuerdos. 

Yo soy Janci Pérez, tengo 29 años. Mi parto fue el 6 de marzo de 2018 en el Hospital Nacional de la Mujer. El trato es pesado desde la persona que le toma los datos al llegar. Yo entré a las 8:00 de la mañana y una hora después me pasaron a la sala de parto. 

Recuerdo que pasaban grupos de practicantes, alrededor de ocho, llegaban a hacer los tactos, a veces sentía que lo hacían como explorando sin saber qué hacían. Nunca me pedían permiso ni se presentaban. 

Por la tarde recuerdo a una señora de limpieza burlándose de una paciente que no tuvo a su bebé en la sala de parto, sino que ahí y se había defecado. Pasó hablando despectivamente, que éramos sucias. Yo sentí feo oír esos comentarios.

Pasadas las 5:00 de la tarde me pusieron un monitor que no funcionaba. Los doctores me dijeron que no se le escuchaban los latidos, que no tenía movimiento, no me dieron más explicación, solo se fueron y yo preocupada pensando qué le había pasado a mi bebé. 

Como a las 7:00 de la noche llegó una doctora, solo me metió la mano, no me dijo qué iba a hacer e hizo que me explotara la fuente. Hasta ese entonces llegó una doctora titular a revisarme. Al final tuve que estar cuatro días ingresada por presión alta y mi niña pasó seis días por una posible infección. Es triste que lejos de ser una experiencia única, esto es lo que recuerdo. 

Las líneas de practicantes y comentarios despectivos

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El maltrato también se da en hospitales privados

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En este caso prefiero no dar mi nombre. Mi parto fue el 17 de junio de 2017, y parte de la mala atención creo que se debió a que era un día asueto. Mi médico que había visto todo mi embarazo me avisó solo 15 días antes del parto que iba a salir del país, pero que esperaba estar de regreso para la fecha tentativa, que era el 23 de junio. En ese momento yo no conocía a nadie más a quien acudir y él me dejó recomendado a un médico de confianza en caso de una emergencia. Justo el domingo 17 comenzaron las contracciones y nos fuimos al hospital. La doctora de turno fue muy amable, se comunicó con el doctor que se suponía me iba a atender. Al rato me dijo que él le dijo por teléfono que me pusieran ya el “suero abortivo”. El doctor ni había llegado, ni me había visto, pero ella se disculpó y me dijo que tenía que seguir la indicación del doctor. Ella misma señaló que era alta la dosis que había instruido el doctor. Él llegó a la hora y media, nomás llegó me volvió a subir la dosis y me dijo que ya iba a regresar. 

Después de esa segunda dosis yo me revolcaba del dolor. Él había salido de nuevo del hospital. Las enfermeras que estaban ahí también me veían y me atendían de mala gana. Cuando él volvió a aparecer solo llegó para ponerme más, yo le decía que ya no aguantaba, pero él me decía que no me moviera, que me quedara en la misma posición. Después solo era la doctora que se quedaba chequeandome, a ella le costaba encontrarlo. 

Hubo un momento en que el doctor volvió y me revisó, dijo que ya tenía ocho centímetros de dilatación, pero que no había roto fuente. Me dijo que él lo haría, cuando rompió el líquido salió verde. Yo me asusté mucho, preguntaba qué había pasado. Él solo me dijo que la niña se hizo pupú, pero repitió que solo tenía ocho centímetros de dilatación y que no sabía si me ponía a pujar o mejor me hacía la cesárea. Yo le pedía que se decidiera rápido. 

Cuando al fin me hizo la cesárea, descubrió que mi hija tenía doble cordón en el cuello. Menos mal que le hice cesárea, me dijo. Gracias a Dios mi hija no aspiró el pupú. Yo perdí un montón de sangre, me lavaron los órganos, tuve una reacción inflamatoria terrible. Después del parto él se quería desentender, pero le dije que necesitaba que él me quitara los puntos. Molesto me dio una tarjeta y me dijo que si la perdía, él ya no me iba a atender. No fue nada de delicado, solo me arrancó los puntos.  Sentí que fui como una carga para ese doctor. 

Aunque era en lo privado, no hubo acompañamiento, tranquilidad. Yo pasé sola con mi esposo. Solo la doctora de turno pasaba a verme, pero me decía que no podía hacer nada.

Quiero identificarme como María Mena. Tuve a mi bebé el 1 de septiembre de 2016. Tenía 20 años cuando salí embarazada y desde el principio tuve una mala experiencia, que ninguna mujer debe pasar. Sabía que era difícil, que estaba joven, pero quería tener a mi bebé. 

Cuando fui a control a las ocho semanas de gestación, el doctor me dijo que en la ultra no había nada, que no había pulso, que me iban a hacer un legrado. Yo me puse muy mal, el doctor me dijo que era mejor porque yo estaba joven. Al final me dijo que si quería me podían hacer otra ultra. Yo rogaba que hubiera un milagro y en la siguiente ultra mi bebé estaba bien. 

El resto del embarazo fue muy difícil, me tenían que ingresar a cada rato en el Hospital Saldaña. Ahí conocí muchas mujeres jóvenes embarazadas. Las enfermeras decían comentarios despectivos, las pasaban regañando. Vi cómo a una niña de 13 años ni le ayudaron para saber cómo darle pecho a su bebé. Solo hubo una doctora en el Saldaña que me refirió al Hospital Nacional de la Mujer porque mi caso era más complicado. A las 38 semanas me tuvieron que ingresar por preeclampsia. 

Recuerdo que una mujer que estaba a la par mía tenía una gran desesperación en su rostro, estaba pujando y nadie llegaba a verla. De repente expulsó un feto chiquito. Me puse bien mal de ver eso, de verla llorando y que el bebecito estaba azulito. Después me contaron que le habían inducido porque ella tenía otros problemas de salud. Vi tantas escenas, tenía un gran miedo. Yo seguía con dolor de cabeza y veía borroso. Vi a muchas mujeres que ingresaban gritando, siempre se oían comentarios despectivos de las enfermeras que decían, según el expediente usted ya tuvo dos hijos, por qué está gritando. Eso creaba un ambiente muy feo. En la madrugada yo sentí que ya estaba bajando la bebé, le dije a la doctora lo que sentía, pero me dijo que yo solo tenía cinco de dilatación y se fue. Tuve que gritar y llegó otra doctora que gritó: ¡Total! La bebé me desgarró casi todo, no me pudieron hacer a tiempo la episiotomía. Después pasamos ingresadas varios días. No me dejaban verla, no me enseñaron cómo sacar la leche. Me deprimí mucho. Tuve que rogar para que me dejaran salir el mismo día que le dieron el alta a ella. Aunque han pasado varios años, todavía recuerdo todo lo que sentí.

Discriminada por ser joven

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