Ilustración/Karina Hernández

El luto de una madre tras las rejas del régimen de excepción

En el régimen de excepción no hay concesiones para nadie. Ni siquiera para una madre que necesita enterrar a su bebé. 

Por Karen Moreno

Por Karen Moreno

Ezequiel Barrera

Ezequiel Barrera

Ver a su bebé de cinco meses intubada, en la Unidad de Cuidados Intensivos del Hospital Nacional Especializado de Niños “Benjamín Bloom”, la destrozó una vez más. Nunca logró verla así sin contener las lágrimas, mientras era atendida por doctores que no podían detener los constantes ataques a su pequeño corazón. Ingrid solo podía esperar un milagro para su hija y estaba determinada a buscarlo con más fe. 

Así que la tarde de ese 21 de abril se fue del hospital hacia su casa en Panchimalco, al sur de San Salvador, con la intención de ir a la iglesia “Dios es nuestro amparo” y continuar con su rutina de ayuno y oración por su hija. Cuando llegó a su vivienda, después de andar en autobuses —aún en los días cuando debía reposar para cuidarse la herida de la cesárea—, le explicó a su madre y hermana la condición de la bebé y lloró otra vez.

Unos minutos antes de irse a la iglesia, tres policías subieron por las estrechas gradas de su caserío y tocaron a su puerta. Uno de ellos, sin presentar ninguna orden de allanamiento, entró a la pequeña sala de estar y comenzó a interrogarla. Ella le dijo que su nombre completo es Ingrid Xiomara Díaz Melara y que tiene 24 años de edad. Les explicó que además de la bebé tiene otras dos hijas: una de cuatro y otra de ocho años. Les dijo que se dedica a cocinar papas fritas y yuca en una freidora artesanal. Detalló que como madre soltera lo único que le ha ayudado a alimentar a sus hijas es la venta ambulante de papas fritas, yuca y otros antojos típicos. Contó que con esa venta también puede juntar lo necesario para pagar sus préstamos y los pasajes de autobuses para visitar a su bebé en el hospital.

El policía, según recuerda la madre de Ingrid, le dijo que necesitaba que lo acompañara a la subdelegación policial de Panchimalco. Así que Ingrid bajó con los tres policías por las estrechas gradas, con su falda larga de rayas azules, su blusa rosada y sus sandalias café. Abajo estaba un vehículo policial, en el que la subieron y se fueron. La hermana de Ingrid bajó detrás de los policías y siguió el vehículo a pie. Cuando llegó a la estación policial, Ingrid ya estaba amarrada de sus manos con unas tiras plásticas blancas, al lado de otros ocho hombres que también estaban amarrados. 

Cuando la hermana de Ingrid preguntó por información sobre la captura, le dijeron que se iba a quedar detenida en medio del régimen de excepción que el gobierno de Nayib Bukele ha implementado como su estrategia para hacerle la “guerra” a las pandillas. Los policías también le comentaron que iba a ser acusada de agrupaciones ilícitas.

Un par de horas después, su hermana vio que la cuenta de Twitter de la Fuerza Armada publicó una foto en la que señalaron a Ingrid como parte de “estructuras criminales”, al lado de otros hombres que no conoce. 

Cuando la hija de cuatro años de Ingrid vio esa foto, en el teléfono, se puso a llorar: “¿Por qué tienen amarrada a mi mamá?”, sollozó esa noche. Al día siguiente, amaneció con fiebre y desanimada.

Ingrid con sus dos hijas de cuatro y ocho años. Foto/Emerson Flores

Lo último que Ingrid alcanzó a decirle a su hermana, la noche cuando la capturaron, fue que visitara a la bebé todos los días en el hospital. Y así lo hizo. Diariamente bajó de Panchimalco al hospital, donde observó que la salud de la bebé se deterioró más y más hasta que el 8 de mayo falleció. 

La familia de Ingrid metió el cuerpo de la bebé en un pequeño féretro blanco de madera y lo acomodó sobre una mesa cubierta con un mantel blanco, junto a la pared rosada de la sala. Para velar el cuerpo, junto a vecinos y amigos de Ingrid, rodearon el féretro con floreros y encima le colocaron una rosa amarilla y un cuadro con el salmo 21. 

“Lo que más nos hubiera gustado es que dejaran que Ingrid saliera de la cárcel y viniera a enterrar a su hija. Aunque sea que la trajeran con cadenas y esposas. Esto es una injusticia, porque se la llevaron y ella nunca estuvo metida en problemas. A mi me consta, es una muchacha cristiana, hasta hacía ayunos y todo por su hija”, dijo el padre de Ingrid a GatoEncerrado.

Féretro en el que fue valada y enterrada la bebé de Ingrid. Foto/Emerson Flores

Para intentar que la dejaran salir a enterrar a su bebé, la familia platicó con una abogada que se comprometió a hacer las diligencias necesarias. Pero esa abogada desde un primer momento les dijo que no podía garantizar nada. Y así fue, en medio del régimen de excepción no hay concesiones de nada.

Lo único que la familia pudo lograr es que el Centro de Readaptación de Mujeres de Ilopango, mejor conocido como Cárcel de Mujeres, le notificara a Ingrid la noticia de que su bebé había fallecido en el hospital.

“Imagínese el dolor que ella siente en estos momentos al saber que su bebé está muerta y recibir la noticia en el penal después de luchar por cinco meses y de anhelar que a su niña le sacaran el tubo de la boca para respirar, pero eso nunca pasó”, lamentó la madre de Ingrid, junto al féretro, sentada en una silla plástica de color rojo, rodeada de una treintena de vecinos y amigos acomodados en el pequeño espacio de la casa y otros en el estrecho pasillo de afuera que da a los graderíos del caserío.

Como la familia no ha tenido suficiente dinero para llevarle comida o artículos de higiene personal que en Cárcel de Mujeres han pedido, una amiga que Ingrid hizo en el hospital Bloom le envió una canasta valorada en $100 con dos calzonetas, dos camisas, ropa interior, una sábana, toallas, cereales, leche, jabones, una silla, vasos y un plato.

“Solo la colchoneta no pudimos llevarle, porque no nos alcanzó para comprarle eso que también estaban pidiendo en Cárcel de Mujeres”, dijo la madre a esta revista, con la sospecha de que eso significa que Ingrid está durmiendo en el suelo de la celda en la que está recluida.

La madre, hasta ese momento, todavía tenía esperanza de que Ingrid pudiera estar al menos en el entierro de la bebé, el 10 de mayo, día de las madres. Tenía fe en que durante la audiencia inicial, algún juez hiciera justicia y la liberara. Pero su otra hija, y hermana de Ingrid, la interrumpió para explicarle que recibió una llamada telefónica en la que le informaron que la audiencia ya se había realizado y que el juez había decretado seis meses de detención provisional para Ingrid. 

La madre, al escuchar eso, se quedó en silencio. Alguien le pasó una toallita roja, se la acercó al rostro y no pudo contener el llanto. 

En medio del silencio, el padre de Ingrid, indignado por lo que también acababa de escuchar, insistió en que todo lo que está ocurriendo a Ingrid es una injusticia.

“Las autoridades deben investigar a fondo, no solo capturar. Para eso hay detectives, a quienes les pagan para que investiguen. La autoridad ha sido abusiva”, espetó el padre de Ingrid.

La madre de Ingrid rompió su silencio por 30 segundos para agregar, con el llanto atorado en la garganta: “Yo pediría a las autoridades que la saquen. Ella tiene otras dos hijas que dependen de ella, como no tienen papá, de ella dependen únicamente”. Luego volvió a sumergirse en su silencio. 

La madrugada del 10 de mayo, en un último intento para que Ingrid pudiera despedirse de su bebé, la hermana viajó hasta la Cárcel de Mujeres para pedir a las autoridades que le permitieran a Ingrid al menos acercarse a la puerta para decirle el último adiós a su hija. Si se lo permitían, la hermana estaba dispuesta a buscar quién le hiciera un viaje con el féretro de la bebé hasta la entrada principal del penal. Pero las autoridades dijeron que no podían hacerlo. Así que esa mañana regresó a Panchimalco y, junto a la madre de Ingrid y sus vecinos, enterró a la bebé en el cementerio municipal.

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Ilustraciones/Karina Hernández

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