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Cine

La Odisea de Christopher Nolan: Homero, where art thou?

El siguiente texto es calificado por Rolando Medina López, su autor, como un intento de ensayo crítico sobre La Odisea de Christopher Nolan. Una lectura de considerable extensión dividida en los segmentos: Preludio, La Odisea homérica, ¿Qué hace a un film, obra maestra?, La Odisea en el cine y La Odisea nolandiana. Queda al lector decidir ser Agamenón u Odiseo. Si opta por el primero, puede ir directo a casa, o lo que es lo mismo, saltarse todo el ensayo y llegar al final y solo saber si es buena película o no. O bien si decide ser Odiseo, deberá recorrer párrafo tras párrafo sin importar lo que dure el viaje, hasta igual, llegar al final.

Matt Damon interpreta a Ulises en la nueva cinta del director Christopher Nolan. Crédito: Universal Pictures.
Picture of Por Rolando Medina

Por Rolando Medina

Crítico de cine | Agosto 5, 2026

«Háblame, Musa, de aquel varón de
multiforme ingenio que, después de
destruir la sacra ciudad de Troya,
anduvo peregrinando larguísimo tiempo,
vio las poblaciones y conoció
las costumbres de muchos hombres» […]  

La Odisea, Canto I, verso 1.
Traducción de Luis Segalá y Estalella 

Preludio

Háblame musa de la pantalla de plata y dime, ¿qué recuerdos susurraste sobre la guerra de Troya, sus guerreros y sus muertos en sus sueños más lúcidos a Christopher Nolan?, ¿susurraste tus lágrimas por el final de una era y la desaparición de una civilización más?, ¿por los dioses, reyes y reinos caídos por la belleza de una mujer?… ¿Susurraste del desamparo, el hambre, el olvido y el sinsentido de la destrucción moral que trae la guerra? Sobre todo, háblame musa, ¿qué susurraste al oído de ese bardo del séptimo arte sobre el periplo de aquel altivo e ingenioso Odiseo que demoró veinte años en regresar a la madeja del hogar y al amor fiel de su esposa Penélope y su hijo el príncipe Telémaco?

Habla.

El director británico estadounidense Christopher Nolan retorna a las pantallas de cine y lo hace en su decimotercer largometraje con una interpretación muy personal del texto homérico de La Odisea en la que logra convocar a un elenco de dioses del olimpo del Hollywood contemporáneo a la usanza de las grandes producciones épicas de los años cincuenta. Nolan ha expresado durante las ruedas de prensa al promocionar el estreno que con La Odisea alcanza uno de los sueños de su vida: rodar un film en todo su metraje en formato IMAX. En ese sueño a Matt Damon le encarga su Odiseo. Anne Hathaway es su Penélope; Tom Holland, Telémaco. Lupita Nyong’o interpreta a dos personajes, las hermanas Helena de Troya y Clitemnestra. Bill Irwin es el cíclope Polifemo mientras que a Robert Pattison le entrega su visión de Antínoo. Samantha Morton es Circe; Charlize Theron, Calipso; John Leguizamo es el campesino Eumeo. El esposo de Helena de Troya, Menelao, rey de la gran civilización micénica, es interpretado por Jon Bernthal, Benny Safdie es Agamenón. A Zendaya termina ciñéndole la sabiduría de la diosa Atenea. Mia Goth hace de Melanto, a Euríloco lo interpreta Himesh Patel y Elliot Page es el soldado Sinón.

El cine es un arte colectivo y Christopher Nolan recluta de nuevo para que le ayuden a construir su visión a algunos de sus lugartenientes conocidos. Hoyte van Hoytema fotografía una vez más una película suya como lo hace desde que trabajaran juntos en Interestelar (Interestellar, 2014). La música es del compositor sueco Ludwig Göransson; la tercera colaboración con Christopher Nolan después de Tenet (2020) y Oppenheimer (2023). El diseño de la producción se lo confió a Ruth De Jong y el diseño de vestuario a Ellen Mirojnick; ambas comenzaron colaboración con Nolan en Oppenheimer. La edición fue realizada por Jennifer Lame, montadora de Tenet y Oppenheimer por la que recibió el premio Óscar. El libreto fue escrito por el mismo director basado en traducciones del texto clásico de académicos como Emily Wilson, Emile Victor Rieu y Robert Fagles.

El presupuesto de producción de La Odisea rondó los $250 millones; monedas más, monedas menos. El rodaje de La Odisea se extendió por seis meses a partir de febrero de 2025 rodando en los foros de los Estudios Universal de la ciudad de Los Ángeles, California y en escenarios naturales del Sahara Occidental, Grecia, Italia, Escocia, Marruecos, Islandia y Malta.

No podemos negar que Christopher Nolan es un director de inconmensurable valía para la industria. Por los días que corren él es vital para que el cine preserve el vigor que este necesita para sortear la profunda crisis en la que le sumieron desde los días de la pandemia en 2020. Nolan es eficaz en crear obras de acción con altos valores de producción a los que le salpica un lánguido estilo existencialista que bebe de la fuente del cine de autor, pero también conoce al dedillo la fórmula perfecta para convertir sus films en verdaderos fenómenos de taquilla, muy importante insisto, para la salud de la industria y la preservación del llamado así, séptimo arte. Para que este no muera. Aún. Hacer cine es caro. La Odisea va camino a una recaudación de entre $1,200 y $1,300 millones en venta de entradas de cine. Cines. Lo celebro.

A Christopher Nolan sus acérrimos defensores le atribuyen al menos ocho obras maestras. Si es que no nueve. O más. Memento del 2000, El truco final (The Prestige, 2006), Batman: El caballero de la noche (The Dark Knight, 2008), El Origen (Inception, 2010), Interestelar del 2014, Dunquerque (Dunkirk, 2014), Tenet de 2020, Oppenheimer de 2023 con la que fue por fin oscarizado.

Ahora a esas ocho obras maestras debemos sumar su relato del regreso a casa de aquel Ulises de Ítaca, ya que La Odisea (The Odyssey, 2026) también ha sido pontificada como OBRA MAESTRA por sus fieles acólitos. Así en capitales. En el acto. Nueve de trece al menos. Épica, obra maestra; tuiteado quizás hasta sin esperar a que los créditos finales (o la película misma) hubieran terminado de correr; resultado consecuente de estos días que privilegian el impacto instantáneo sobre la permanencia. Como si el tiempo, la mirada, la contemplación y la profundidad ya no fueran necesarias.

Me parece un poco excesivo tanto amor a la filmografía de Christopher Nolan. Hasta Penélope exigió a sus pretendientes una prueba final para demostrar su valía para desposarla.

Lamentablemente vivimos en una época en donde el término obra maestra en el cine ha perdido su densidad histórica a fuerza de la inflación del concepto. Diría que esto obedece entre otras cosas a la aceleración del consumo cultural y la generación espontánea de algunos críticos de redes sociales. Al escribir de cine no deberíamos olvidar jamás aquellos textos leídos sobre cine e imagen de teóricos como George Sadoul, Marshall McLuhan, André Bazin, Sergei Eisenstein, Siegfried Kracauer y Gilles Deleuze. Ellos son algunos de los que han guiado nuestros pasos hacia la correcta apreciación cinematográfica y en ese camino —entre líneas— también nos legaron pistas suficientes como para al menos poder tener una idea somera de cuándo podríamos llamar a un film obra maestra. O no.

No pretendo presumir conocimiento académico alguno ni de conocer la obra de Homero la cual dejo en claro que leído solo dos veces. La primera allá en aquel lejano bachillerato cuando La Odisea era lectura obligada y tenías que leerla para pasar el examen. O te enamorabas de ella. De cuando en cuando regreso a ese periplo de tinta y papel para leer versos o cantos dispersos. Este trabajo es simplemente otra mirada y algunas ideas que espero aporten un poco de luz tanto al ejercicio de la apreciación cinematográfica como al cinéfilo entusiasta del cine de acción al acercarse al texto homérico de Nolan.

La pregunta que en este ejercicio deseo dejar planteada es, si podemos desde ya marcar a La Odisea como un film de proporciones épicas. Colocarla como una obra maestra en un pedestal como en el que ya posan altivas cintas como El viaje de Chihiro (Hayao Miyazaki, 2001), Deseando Amar (Wong Kar Wai, 2000), Brokeback Mountain (Ang Lee, 2005), El Padrino (Francis Ford Coppola, 1972), Lawrence de Arabia (David Lean, 1962), Barry Lyndon (Stanley Kubrick, 1975), Los Diez Mandamientos (Cecil B. DeMille, 1956), El caballo de Turín (Bela Tarr, 2011), Mullholand Drive (David Lynch, 2001), El cocinero, el ladrón, su mujer y su amante (Peter Greenaway, 1989), Un condenado a muerte ha escapado (Robert Bresson, 1956), Ciudad de Dios (Fernando Meirelles, 2002), El evangelio según San Mateo (Pier Paolo Pasolini, 1964), Tiempos Modernos (Charles Chaplin, 1936) o Metrópolis (Fritz Lang, 1927). Solo por traer a cuenta unas pocas de las obras maestras de la historia del cine.

Previo a naufragar en nuestra propia Ítaca, La Odisea nolaniana, desarrollaré tres temas que he considerado necesarios: La Odisea homérica, ¿Cuándo una obra maestra es incontestable? y La Odisea en la historia del cine.

La Odisea homérica

La Odisea es una epopeya griega que en parte es historia y en parte es también mito. Un poema épico que narra el regreso a casa de Odiseo —Ulises en su forma latina— luego del fin de la Guerra de Troya, la cual historiadores y arqueólogos la sitúan al final de la Edad del Bronce; en su colapso. Entre los años 1250 a 1180 antes de Cristo. Según la tradición, la de Troya fue una guerra detonada por el rapto de Helena por parte de Paris y que enfrentó a aqueos —los griegos— con troyanos por diez años, hasta que la astucia de Odiseo al idear la estratagema del caballo de Troya la dio por terminada de forma trágica y cruel.

En cuanto a estilo está escrita en versos hexámetro dactílico considerado como el gran estilo de la poesía clásica occidental.

Los grandes temas del poema homérico escudriñan a profundidad la naturaleza y la condición humana.

Homero observa lo más profundo del alma humana tomando conceptos filosóficos como el hybris, esa arrogancia desmedida que le cuesta a Odiseo años para regresar a casa; la inteligencia, el ingenio y la astucia encapsulada en el concepto de la metis; el destino; y la xenía, la hospitalidad divina debida a los extraños con base a un precepto emanado del dios Zeus. Esto parte de la idea de que un dios puede estar disfrazado de mendigo o necesitado y tocar a nuestra puerta. Es el concepto de la solidaridad. Un concepto profundo de humanismo, de saber ponernos en el lugar del otro y ofrecer nuestra amistad sin esperar nada a cambio.

El tuétano de la obra como uno de los dos grandes temas es el nóstos, que es el regreso a casa, pero que el poeta convierte en algo más elevado, más sublime al transformar ese regreso en forma de nostalgia. Este es el tema esencial de toda la obra, no como acción de retorno sino como el motor y la chispa de un anhelo de emprender un viaje a pesar de las dificultades; Ítaca está tatuada tan fuerte en su corazón que de la mano del nóstos tiene la fuerza necesaria para sortear cada obstáculo que los dioses le presentan. Pero por sobre todos esos temas se sobrepone como leitmotiv, el tema de la identidad. No solo la de descubrir quién es en realidad Ulises, sino que debe descubrir en este viaje en quién se ha convertido luego de la crueldad mostrada en la guerra.

La Odisea está conformada por 24 cantos o libros; hay autores que les llaman rapsodas; narra acciones heroicas con finalidad educativa y moral; forjar con mitos y metáforas a las nacientes civilizaciones. Estar a tono con los tiempos; algo similar a lo intentado por Christopher Nolan en su versión.

A La Odisea se le suele dividir para su apropiado estudio en tres bloques narrativos.

El primer bloque va del canto I al IV. Comienza in medias res, a la mitad del cuento; no con Odiseo sino con su hijo Telémaco quien va en su busca. La intención de Homero es darnos a conocer sobre el crecimiento del hijo, mostrar el caos del reino de Ítaca ante la ausencia de su rey y establecer de esa manera, la diferencia entre un buen gobierno y un reino sumido en corrupción y desorden. La acción sigue a Telémaco en su viaje a Pilos y a Esparta. Esta parte es la que nos prepara para el regreso de Ulises y establece el gran tema de la obra: la búsqueda de la identidad. Esta parte es llamada por los filólogos como la Telemaquia.

El segundo bloque lo componen los cantos del V al XII, es la parte del viaje iniciático de Ulises; el gran viaje del héroe. Esta es la parte más emocionante. La de las aventuras de Odiseo. Su periplo. Aparecen monstruos terroríficos y dioses rabiosos capaces de exaltar nuestra imaginación. Es esta parte en la que las diferentes adaptaciones cinematográficas concentran su atención. Y el público. Esto es gracias a la adrenalina, el humor y a dioses vengativos que ponen obstáculos casi infranqueables a Odiseo para su regreso a casa; con sus debilidades y pasiones, estos dioses parecen pintados más a imagen del hombre que a seres divinos. La narración en esta parte cambia de ser contada en tercera persona, a primera persona.

Calipso por fin libera a Ulises quien emprende el retorno a casa. Así comienza esta parte. Nuestro héroe llega a la isla de Esquiria donde habita el pueblo Feacio. Acá encuentra a Nausícaa y su padre el rey Alcínoo.

Este episodio es de vital importancia en la narrativa de La Odisea. De hecho, abarca gran parte del poema. Odiseo se presenta ante la corte del rey quien practicará la Ley de la hospitalidad de Zeus y luego de escuchar su periplo le ayuda proveyéndole de embarcación, tripulación y provisiones para que pueda regresar a su Penélope que ha pasado diez años fielmente esperándole. Estos cantos cuentan los episodios de la tierra de los Lotófagos, los comedores de loto, donde llevados por el viento del norte, Odiseo y su tripulación termina un tiempo estacionada y perdida en el olvido ya que la flor de loto, consumida por los hombres de Ulises les provocaba la pérdida del recuerdo de su tierra, el hogar y sus seres más queridos.

Es la parte en donde nos encontramos con Circe, el cíclope Polifemo y Eolo; es el bloque narrativo de los Lestrigones, las sirenas y el descenso al hades en donde Odiseo se encuentra con un Aquiles arrepentido de haber elegido la inmortalidad por la fama de la guerra y no la permanencia en el hogar atendiendo los consejos de su madre. Son los cuentos de su encuentro con Escila y Caribdis; la Isla del Sol y el ganado prohibido.

Las motivaciones ulteriores de esta parte eran demostrar que la inteligencia se impone a la fuerza; enaltecer la resistencia humana; mostrar la tentación y el castigo por la arrogancia de Ulises y sus consecuencias. Esta parte habla del viaje iniciático del hombre.

La Odisea termina con el episodio Odiseo regresando a casa luego de veinte años de ausencia. Comprende los cantos del XIII al XXIV en los cuales nuestro héroe regresa a Ítaca disfrazado de mendigo. Siempre resalta el aedo ciego Homero el tema de la identidad. Acá Odiseo pone a prueba la lealtad de sus gobernados, recupera el hogar y a su esposa al matar a los pretendientes que por años prostituyeron su casa, arrasando los recursos del reino sumiéndolo en la miseria. El carácter didáctico de esta tercera parte es la restauración del orden moral y político. Pero quien regresa es un Odiseo diferente al que partió veinte años atrás y regresa cargando a cuestas vejez, culpa y el miedo de descubrir también como encontrará lo que dejó atrás, el reino, su hijo Telémaco y su amada esposa.

El tema del nóstos y de la identidad se funden en el coraje de Odiseo de regresar a lo que ya no es.

No existen pruebas de que la guerra de Troya ocurriera tal como lo cuenta Homero; solo teorías. Lo más probable es que la obra en realidad recolectara y sintetizara diferentes batallas. Se cree que La Odisea surge entre los años 1110 a 800 antes de Cristo, quinientos años después del fin de la guerra de Troya, en días en los que la escritura micénica había desaparecido sin explicación alguna en la posteriormente denominada como Edad Oscura griega. Y hablando de Homero es oportuno señalar que su existencia también está en disputa. Es lo que se conoce como la cuestión homérica; un debate académico sobre el autor de La Ilíada y La Odisea.

Un grupo de filólogos se inclinan a plantear que Homero, el poeta ciego, no es más que un nombre colectivo para agrupar a varios autores que con el paso de los siglos fueron recogiendo los cantos transmitidos oralmente. Otros plantean que el trabajo del poeta fue organizar y dar forma final a materiales dispersos en papiros y en la tradición oral de los cantores o aedos (Homero mismo un aedo) que inspirados por las musas y con cítara en mano entonaban las hazañas de Aquiles, Héctor, Menelao y las de Odiseo en su tortuoso regreso a casa diez años después que Troya hubiera sido arrasada de la faz de la tierra.

Ni La Ilíada ni La Odisea son los únicos poemas épicos relacionados con Troya. Esos dos son los únicos sobrevivientes de un cuerpo más extenso que se conoce como el Ciclo troyano y que de estos ahora se sabe fueron compuestos por otros autores en la Grecia temprana: el Canti Ciprios narraba los antecedentes de la guerra desde las bodas de Peleó y Tetis, padres de Aquiles; La Etiópida que continuaba al terminar La Ilíada y que narraba las muertes de Pentesilea, Memnón de Etiopía y de Aquiles; La Pequeña Ilíada contaba la disputa por las armas de Aquiles, la locura de Áyax y la construcción del caballo de Troya; La Iliupersis o El Saqueo de Troya describía la caída y total destrucción de la ciudad; Regresos o El Nostoi era el relato de vuelta a casa de todos los héroes griegos menos el de Ulises que es el recuento de La Odisea. El último cuerpo del Ciclo troyano era La Telegonía. Esta se centraba en Telégono, el hijo que Odiseo tuvo con la divina hechicera Circe por su paso en la isla de Eea.

¿Por qué La Odisea no se perdió en la brisa del tiempo?, ¿qué sucedió?

Los filólogos han establecido que su transmisión hasta nuestros días ocurrió en cuatro etapas. La primera, la de la tradición oral, en la cual durante siglos y utilizando fórmulas repetidas aprendidas de memoria, los aedos cantaban episodios heroicos.

No es sino hacia el siglo VIII antes de Cristo, cuando se introdujo el alfabeto griego, que el poema comenzó a escribirse en una segunda etapa denominada como la de la fijación escrita. Ya para el siglo VI a. C., durante el gobierno de Pisístrato en una tercera etapa se parió la llamada edición ateniense que probablemente estableció una versión relativamente uniforme para las recitaciones públicas.

La cuarta etapa y última etapa es la de la edición alejandrina redactada por los filólogos de la Biblioteca de Alejandría y atribuida a Aristarco de Samotracia; ellos compararon numerosos manuscritos y produjeron una edición crítica que es la base del texto conservado en la actualidad. La primera edición impresa completa de La Odisea, la editio princeps, es de 1488 y fue editada en Florencia, Italia por Demetrio Cancoldilas.

Y así es como La Odisea llegó hasta nosotros.

Cantada y trastocada en lo que ahora es un texto eterno y perfecto de hermosa y elevada poesía.

¿Qué hace a un film, obra maestra?

Originalmente se le llamaba obra maestra a la pieza que debía realizar un oficial para alcanzar el grado de maestro en los gremios medievales. Ahora bien, cuando a una película le llamamos obra maestra ¿hablamos de magnum opus o de opus magnum? No se trata de un juego de palabras ni de un capricho mío. Mientras magnum opus se relaciona más con la mejor o más renombrada obra de un artista, opus magnum conlleva la carga espiritual vertida desde la tradición hermética que al traducirse al arte deberíamos entenderlo como «el proceso de transmutación, tejiendo su narrativa entera con simbolismo alquímico» según desarrolló Stanton J. Linden en  Darke Hieroglyphicks: Alchemy in English Literature from Chaucer to the Restoration, publicado en 1996 y sin una traducción al castellano aún. Examinando a autores como John Donne, Linden adapta las metáforas de la obra maestra alquímica y recontextualiza la transmutación de los metales en una búsqueda espiritual de regeneración de parte del artista en su obra. Volviendo a nuestro campo de interés diremos prosaicamente que obra maestra es una película que destaca por su calidad excepcional y su nivel de perfección. Una obra de originalidad digna de ser imitada.

Una película cuya forma visual alcanza tal grado de coherencia y profundidad que logra expresar una visión universal de la existencia, transforma la manera en que el cine puede pensar mediante imágenes y continúa revelando nuevos significados mucho, mucho después de que el furor del estreno y su tiempo histórico han pasado. Cuando cada imagen —sea el plano general de la vertiginosa carrera de cuadrigas de Ben-Hur (William Wyler, 1959) o el primer plano del rostro atribulado de María Reneé Falconetti en La Pasión de Juana de Arco (Carl Theodor Dreyer, 1928) — hace sentir que el destino del individuo está en relación con fuerzas históricas, naturales, morales o metafísicas que lo superan.

Lo épico en el cine no es una cuestión de tamaño; dejemos lo freudiano de lado. Tampoco es cuestión de presupuesto ni de superproducciones únicamente. Ni está determinado por el metraje extenso del film o la constelación de estrellas del reparto como se quiere a veces hacer creer. Lo épico es cuestión de trascendencia. Lo épico me gusta verlo a la luz de lo sublime por lo que bien haríamos en zambullirnos breve, en la noción de lo sublime de Edmundo Burke y Immanuel Kant para explicarlo mejor.

Para Burke lo sublime es la experiencia de lo inmenso y lo terrible. En 1757, publica Indagación filosófica sobre el origen de nuestras ideas acerca de lo sublime y de lo bello donde sentencia: “Lo sublime no es bello”; es aquello que tiene el poder de hacernos evocar y destruirnos.

¿Qué produce entonces lo sublime para Burke? El objeto. Todo aquello que despierta simultáneamente admiración, temor, asombro, fascinación; pequeñez. Lo sublime nace cuando percibimos una fuerza capaz de destruirnos, aunque estemos a salvo. No necesariamente cuando sentimos miedo real sino cuando sentimos la posibilidad del miedo. Precisamente es esa distancia la que permite el placer estético según Burke. Cuanto más difícil resulta abarcar algo con la mirada o la imaginación más sublime se vuelve; lo desconocido es más sublime que lo perfectamente visible.

       Los elementos de lo sublime según Burke serían: la inmensidad (el océano, el desierto, el universo); la oscuridad (la niebla, la noche, las sombras; una caverna o los espacios infinitos); el silencio absoluto; el poder (una tormenta, un volcán, la guerra); el infinito (el tiempo infinito, la muerte, la eternidad).

Treinta años después Immanuel Kant en su obra Crítica del juicio (1790) transforma completamente la teoría de Burke sosteniendo que, aunque Burke había descrito correctamente los efectos, no había acertado en su origen.

Para Kant lo sublime nace en el sujeto y no en el objeto.

El filósofo francés no mira lo sublime en la montaña ni en el océano ni en el desierto. Está en nuestra mente. “En la representación de lo sublime de la naturaleza, el espíritu se siente conmovido, mientras que, en sus juicios estéticos sobre lo bello en la naturaleza, permanece en una tranquila contemplación” señala. Lo sublime según Kant ocurre cuando intentamos comprender a la montaña y descubrimos que nuestra imaginación fracasa en ese intento. Al admirar a la montaña descubrimos al mismo tiempo, la grandeza del espíritu humano.

Immanuel Kant distingue dos tipos de formas de lo sublime: lo sublime matemático y lo sublime dinámico.

Para Kant el sublime matemático surge cuando la cantidad nos resulta inconcebible. Como es el tiempo, el espacio, el Teresacto en Interestelar (Christopher Nolan, 2014); la tierra primitiva, el amanecer de la civilización y los cuatro millones de años de evolución sintetizados en un solo corte elíptico que a nuestra imaginación le es imposible recorrer de 2001: odisea en el espacio (Stanley Kubrick, 1968); la creación del universo en El árbol de la vida (Terrence Mallick, 2011) la cual en silencio nos plantea la demoledora pregunta, ¿cómo puede la muerte de un niño formar parte de un universo tan inmenso?

El segundo sublime kantiano es lo sublime dinámico y surge cuando como espectadores contemplamos fuerzas capaces de destruirnos. En La Odisea es la furia de los dioses, los Lestrigones. Circe; el mar embravecido que impide el regreso a casa de Ulises.

 En cine reciente el sublime dinámico de Kant está representado por el volcán de Fuerza mayor de Ruben Östlund (Force Majeure, 2014), un volcán que al final no cobra vida alguna pero sí el matrimonio de los protagonistas y la confianza de uno hacia el otro.

El ejemplo más claro que me gusta plantear como sublime dinámico porque se trata de un film épico, una obra maestra y un clásico incontestable; la vara con la que me gusta medir a las obras maestras contemporáneas instantáneas es Lawrence de Arabia y la escena del fósforo de T.E. Lawrence interpretado por Peter O´Toole en el que probablemente sea el corte más famoso del cine. Lawrence de Arabia observa una cerilla. La sopla. Es un primer plano mínimo. Técnicamente se trata de un corte simple pero conceptualmente es gigantesco porque ese pequeño fuego humano por arte de magia del cinematógrafo se convierte en un sol sobrehumano que termina consumiendo al humano, así como en el plano previo el humano Lawrence consumió al pequeño fuego del fósforo.

Andréi Rubliov (Andréi Tarkovski, 1966), o Apocalypse Now, (Francis Ford Coppola, 1979) van mucho más allá de la belleza. Lo sublime no es simplemente “lo muy bello” ni “lo muy grande”; es una experiencia en la que el ser humano se enfrenta a algo que excede su capacidad ordinaria de comprensión.

En 2001: Odisea del Espacio de Stanley Kubrick (2001: A Space Odyssey, 1968) el espacio infinito empequeñece al hombre de la misma manera es el Ponto ese mar que Ulises debe navegar hasta encontrar su lugar en el Universo para poder regresar a casa.

Lo épico, pienso, es una consecuencia posible de lo sublime.

La Odisea en el cine

A diferencia de la obra de Shakespeare, la de Homero a pesar de estar repleta de aventuras y cuentos fantásticos, por alguna razón que Christopher Nolan supo aprovechar, ha mantenido alejados a los productores y directores de cine, ya que por comparación a títulos no solo sobre el bardo inglés sino sobre sus obras como Hamlet, Romeo y Julieta, Julio César, Macbeth o Ricardo III, han sido muy pocas las películas sobre La Ilíada y La Odisea llevadas a la pantalla. De hecho, han pasado 72 años desde la última producción de La Odisea para que Hollywood se atreviera a regresar a Ítaca; Troya (Wolfgang Petersen, 2004), basada en La Ilíada, se estrenó hace 22 años.

El primer encuentro documentado entre La Odisea y el cine corresponde al ilusionista y director francés Georges Méliès —conocido como el mago del cine— quien realizó la primera apropiación conocida de un episodio homérico para la pantalla La isla de Calipso: Ulises y el gigante Polifemo (L’Île de Calypso: Ulysse et le géant Polyphème,1905), una viñeta de tres minutos con veintinueve segundos en la que Méliès trasladó su imaginario al lenguaje naciente del cinematógrafo mediante decorados fantásticos, ilusiones ópticas y transformaciones visuales heredadas del teatro de magia sin más.

La primera adaptación al cine fue la italiana La Odisea (L’Odissea, 1911) dirigida por Francesco BertoliniAdolfo Padovan y Giuseppe De Liguoro; Ulises fue interpretado por el propio De Liguoro.

Con una duración de 44 minutos, la película adaptó los episodios fundamentales del poema: El caballo de Troya como prólogo, el encuentro con Polifemo; Eolo, Circe, las Sirenas, el descenso al Hades, el regreso a Ítaca, la matanza de los pretendientes de la esposa fiel, Penélope. La película se estrenó dentro del contexto de la Feria Mundial de Milán para celebrar la unificación de Italia. Esa versión todavía no entiende que el verdadero viaje ocurre dentro del protagonista; es meramente narrativa. Eso llegará cuarenta años después con el Ulises (Ulisse, 1954) del director Mario Camerini, una producción de los italianos Dino de Laurentiis y Carlo Ponti protagonizada por Kirk Douglas como Ulises, Silvana Mangano como Penélope y Circe; Anthony Quin en el rol de Antínoo y como Nausica, Rossana Podestá.

Que Silvana Mangano interpretara simultáneamente a Penélope y Circe fue una decisión profundamente simbólica ya que ambas mujeres representan las dos posibilidades de existencia. Circe, el placer. Penélope, la paz del hogar. Esta versión elimina numerosas partes del poema para construir una aventura en función de Kirk Douglas como estrella de Hollywood. La influencia de esta película fue enorme. Durante décadas definió visualmente la figura de Ulises.

Mientras el interés de la versión italiana de 1911 consistía en mostrar monstruos, en la de 1954 el interés comienza a estar en el viajero. Lo importante para la dialéctica del guion es el deseo de volver. Comienza así a configurarse la representación filosófica del nóstos desde un plano terrenal. Una versión demasiado convencional que anticiparía el cine de aventuras de arena y sandalias sin mayor pretensión que la de entretener.

Para finales del siglo XX ya no se creía en los héroes invulnerables, sino que en el hombre superviviente. Ya no importa cuánto tarda Ulises en regresar sino qué queda de él cuando regresa. Como veremos en las dos siguientes versiones.

Nóstos: El retorno (Nostos: Il ritorno, 1989) es la versión de Franco Piavoli en donde Luigi Mezzanotte es Ulises. Se trata de una película casi desconocida y probablemente sea la adaptación más fiel al espíritu de Homero realizada durante el Siglo XX. O como le gustaba a él explicarlo, que la suya es una versión más bien «sinfónica en contraposición a lo teatral de otras». Es una versión lírica que eliminó casi todo aquello que el cine comercial considera indispensable: Las batallas espectaculares, los héroes musculosos. Nóstos: El retorno se concentra en el tránsito entre la guerra y el hogar. El poema de Homero está despojado de grandilocuencia; por ejemplo, Circe ya no parece hechicera como tampoco las Sirenas no necesitan cantar.

Aquí aparece por primera vez un Ulises profundamente aristotélico ya que el filósofo griego nunca definió la excelencia humana caracterizada por la fuerza, sino, por el contrario, por la prudencia; lo que él llamó phronesis. Una prudencia práctica que consiste en deliberar correctamente sobre los medios para alcanzar un fin bueno. El fin de Ulises nunca cambia. Siempre es volver a casa; regresar a la paz del amor y de la fidelidad.

Theo Angelopoulos con su Mirada de Ulises (Ulysses’s Gaze, 1995) ofreció no una adaptación de la historia, sino que la esencia misma del poema de Homero.

Harvey Keitel interpreta a un director de cine griego conocido simplemente como “A” quien regresa a los Balcanes buscando unos rollos cinematográficos perdidos filmados por los hermanos Manakia, pioneros del cine balcánico. En su viaje atraviesa Grecia, Albania, Macedonia, Rumanía, Serbia y Bosnia. La guerra le acompaña en cada etapa en un viaje que termina en Sarajevo donde no encuentra únicamente las películas, sino que se enfrenta con la devastación de Europa. Esta versión del Ulises de Angelopoulos nunca buscó únicamente una casa, por el contrario, se centró en recuperar una identidad. Harvey Keitel va en busca de las primeras imágenes del cine, aunque en realidad marcha tras el origen de su propia mirada y la mirada del cine.

Mientras que para Aristóteles toda acción humana tiende hacia un fin, el telos, el viaje de Ulises intenta restaurar el orden de la oikos, la casa, la comunidad, la vida política en Ítaca. Reestablecer un orden ético. Para Platón, en cambio, el viaje verdaderamente decisivo es el del alma hacia el conocimiento del bien. En la República, el gobernante legítimo no es quien conquista el poder sino quien distingue la apariencia de la verdad. El cine moderno fusiona ambas tradiciones. ¿Dónde está entonces Ulises? En todas partes y en ninguna.

La mirada de Ulises ganó el Gran Premio del Jurado en el Festival de Cannes y es uno de los grandes intentos del cine europeo por pensar filosóficamente la historia del continente. Esta es una de mis favoritas películas homéricas.

Con el cambio de siglo el mito homérico dejó de pertenecer exclusivamente al Mediterráneo y naufragó en la América profunda con la apropiación que hicieron del poema épico en el 2000 los hermanos Joel y Ethan Coen en la película ¿Dónde estás hermano? (O Brother, Where Art Thou?) comedia protagonizada por George Clooney, Holly Hunter, John Turturo y John Goodman.

Más tarde, tomando su estructura sin que necesariamente se adaptara literalmente, el texto clásico reaparecerá en obras tan distintas como Regreso a Cold Mountain (Cold Mountain, 2003) de Anthony Minghella con Nicole Kidman, Renee Zelwegger y Jude Law; por la que Zellweger recibió el Oscar a mejor actriz de reparto y Cinema Paradiso (Giuseppe Tornatore, 1988) y que, en la escena de la proyección de una película en la plaza del pueblo, retoma el Ulises de Kirk Douglas.

Interesante es Ulises: una odisea oscura (Ulysses: A Dark Odyssey, 2018) de Federico Alotto con Danny Glover, versión que realizó una relectura de corte distópico y criminal que traslada los conflictos, tentaciones y personajes del poema homérico a un entorno urbano corrupto de estética moderna.

Cierro con la más reciente, El Retorno (The Return, 2024) dirigida por Uberto Pasolini y protagonizada por Ralph Fiennes y Juliette Binoche. La trama prescinde de los monstruos mitológicos para concentrarse exclusivamente en la parte final del poema épico, el crudo y tenso regreso de un Ulises traumatizado por la guerra a una Ítaca sitiada por los pretendientes. Odiseo vuelve envejecido, herido y obligado a enfrentarse a una pregunta crucial: ¿es posible regresar cuando el tiempo ha cambiado tanto al viajero como a su hogar? También entre mis Odiseas favoritas.

El elenco de La Odisea de Nolan estuvo conformado por un grupo amplio de estrellas de Hollywood como Matt Damon, Anne Hathaway, Zendaya, Tom Holland, Robert Pattinson, entre otros nombres. Foto/X de La Odisea.

La Odisea Nolandiana

La musicalidad sobrenatural del viento. Ecos metálicos y espectrales de un gong y una voz profunda: “Un rostro, una flota, una guerra, un hombre, una idea, un truco”. Ráfaga de imágenes. Escamas de recuerdos. De una guerra, de nubes, del mar, de una playa, de un hombre atribulado, de un palacio. Un caballo gigante de madera y un guerrero desolado encallados esperando lánguidos bajo una triste bajamar. Todo en un ciclón de planos medios y planos generales. Habrá quizás por ahí algún primer plano tan fugaz que mi retina no lo pudo retener. Una síntesis simple, una concatenación de ligeras elipsis. Así el concilio de los dioses de la apertura del poema homérico. El preámbulo de La Odisea según el evangelio de Christopher Nolan. Porque con sus luces, breves momentos lúcidos e imprecisiones históricas simbólicas, esta será de principio a fin, La Odisea de Christopher Nolan. Y así hay que tomarla. Sin más; una película a la que le habría agradecido treinta minutos más o media hora menos.

Con media hora menos, La Odisea pudo dejar de lado aquellas tomas que intentan hacer de esta una película de autor como esas firmadas por Kubrick, Tarkovsky o Mallick pero que no llegan a cuajar por breves y por dialogar poco o nada unas con otras. En su lugar, pudo mejor ofrecer una película sin mayor aspiración que la de ser acción pura en el mejor nivel de John McTiernan, Paul Verhoeven, John Woo o James Cameron, dioses de un olimpo valioso; auteurs del cine de acción por fotogramas propios.

Con media hora más quizás se le hubieran revelado, como el futuro en el Oráculo de Delfos, aquellas escenas que merecían respirar más allá del promedio de duración de cada corte. El cine es […] “el arte de esculpir el tiempo” como lo definió el director soviético Andréi Tarkovski. El cine por esencia es un arte de contemplación. Con tomas sostenidas un par de segundos más, no pido mucho, diez o doce segundos al menos; con esos segundos de más en algunos pasajes, Christopher Nolan pudo haber plasmado en su obra lo que tanto parece anhelar —igual de cuando soñaba con el Óscar que al final le llegó—: dominar el carácter de lo sublime en la imagen como solo lo saben manejar unos pocos grandes. El estilo de edición de La Odisea de Nolan hizo añicos el tiempo contemplativo del cine.

 El guion es débil. Sus personajes, si bien son interesantes y entretenidos, carecen de arco de crecimiento y motivaciones particulares. La esencia narrativa proveniente de la novela les ha sido purificada y eliminada; en especial en los personajes femeninos. Pero la mayor catástrofe de La Odisea viene de la mano de su edición. Terrible. Pues, aunque contiene escenas compuestas con cierto cuido estético —faltaría menos en un ganador del premio Óscar— carecen de brillantez propia; de profundidad. La mayoría de las tomas me parecieron sosas a pesar del formato grandilocuente del IMAX. Se reducen a contar no más de lo necesario. Convierten al espectador en consumidor pasivo de una experiencia exterior sin lograr evocar en él, imágenes propias nacidas de la vivencia cinematográfica. Los planos extrañan el mimo de un cuarto de edición prolijo y contemplativo que debió sostener por más tiempo. En esta Odisea la fuerza de la imagen se pierde en una suma tartamuda de cortes y planos. Una edición más propia de Tik Tok que del cine. Aunque mala decisión no fue. El sacrificio de la contemplación de lo sublime en la imagen ha rendido réditos económicos en la taquilla al satisfacer la impaciencia y distracción de las audiencias actuales con cortes, fútil vértigo, de no más de entre tres segundos en el mejor de los casos; segundo y medio de duración, la mayoría.

Volvamos a la escena del caballo encallado en la arena. El ejemplo más dramático de cómo la ausencia del tiempo sostenido terminó matando lo que pudo ser una escena épica. Por el contrario, acabó en la banalización de su caballo de Troya, cuando pudo, insistiré, ser una imagen monumental.

Contrario a como nos lo han narrado por siglos los cantos y la memoria, Nolan no colocó su caballo frente a las puertas de Troya. Prefirió enterrarlo en la arena, una imagen tomada prestada de El planeta de los simios (Franklin Schaffner, 1968); una apropiación que me encantó y esperaba verla en pantalla. No solo en las fotos fijas promocionales. Planos generales, primer plano, primerísimo plano, traveling de acercamiento aéreo, traveling in desde el mar… Demasiado de todo; un alarde técnico montado sin emoción interna. Así la banalización de lo que pudo ser una gran escena.

El acierto en esta secuencia es que Nolan redobla la mētis de Odiseo, esa astucia remarcada por Homero desde el canto primero, al presentarnos la agonía de Odiseo junto a su tripulación apiñada en silencio dentro del caballo; la marea sube peligrosamente, puede ahogarlos antes de que los Troyanos decidan aceptar el regalo de los dioses y caer en el engaño de Ulises como cayó su fiel soldado Sinón, quien espera para servir de testigo de que se trata de un regalo de los dioses sin saber que sus compañeros de armas se encuentran adentro. Cuando motivados por la curiosidad los troyanos deciden ir por fin por el caballo, increpan a Sinón y le asesinan. Arrastran el regalo hasta la seguridad tras las murallas de Troya. En el silencio de la noche Ulises y sus soldados salen del vientre del animal de madera y abren las puertas de Troya para que Menelao y el resto de los soldados griegos desaten el infierno y destruyan la ciudad sagrada.

Como en anteriores de sus películas, Christopher Nolan cuenta su Odisea en estilo no lineal; utiliza, como en la obra de papel, los flashbacks como recurso narrativo. Luego del preludio, Penélope y Telémaco, interpretados por Anne Hathaway y Tom Holland, discuten la ausencia del padre, de su rey; del reino saqueado y de la necesidad del hijo de ir en busca de su padre, lo que aterra a una madre que prefiere mantener al príncipe bajo sus faldas para no perderlo como perdió al esposo a quien espera fiel a pesar de la insistencia de los ancianos del reino y la presión de los pretendientes que han hecho del palacio sus aposentos de excesos y corrupción.

Pero el niño ha crecido, aunque carece de la madurez necesaria para gobernar; le queda un año para acceder por derecho al trono y en circunstancias de ausencia, un año es demasiado tiempo con la muerte rondando las oscuras esquinas. No digamos veinte que son los años que pasó Odiseo alejado de los suyos. Solo Penélope, Telémaco, el sirviente medio ciego Eumeo, un John Leguizamo formidable y camaleónico, y Argos, el anciano perro de Odiseo, creen que este regresará un día a Ítaca. Con la promesa de que finalmente al terminar de tejer la mortaja para su agonizante suegro Laertes elegirá a uno de ellos, es como Penélope ha logrado mantener a raya a los codiciosos aspirantes de su lecho y trono.

Penélope teje tiempo durante el día y deshila esperanzas por las noches en un engaño de ingenio y desesperación.

La madre también teme que su nuevo esposo asesine, una vez en el trono nupcial, al príncipe heredero. Telémaco, acompañado de su maestro y guardaespaldas Méntor y, arropado por la complicidad de la oscuridad de la noche, de su nodriza Euriclea y de la diosa Atenea, quien le provee de embarcación y tripulación, huye hacia Esparta para encontrarse con el rey Menelao sin que su madre lo sepa. Está decidido a averiguar el destino que tuvo su padre luego del fin de la guerra de Troya; anhela desde lo profundo de su corazón conocer quién fue y quién es su padre; ese que le abandonó. Invocando la xenía, pacto divino que obligaba a la hospitalidad entre los antiguos griegos, es que Telémaco es recibido en la corte; escucha de Menelao y su esposa Helena de Troya, historias de su padre. Para su decepción, ambos desconocen el paradero del héroe guerrero.

Helena de Troya, aquella cuyo rostro inspiró a mil barcos griegos ir a la guerra para rescatarla; la del rostro más hermoso de la historia; la de brazos blancos, la de nacimiento divino; belleza legendaria surgida del huevo de un cisne, es interpretada por Lupita Nyong’o, una elección que causó la furia de los dioses de piel blanca. Creo sin equivocarme que la belleza de la oscarizada actriz, que al final entregó una rendición  adecuada del personaje, inspiraría un par de batallas. En tiempos antiguos, claro. No hoy, en tiempos de contemporáneas batallas racistas.

Odiseo permanece en la playa del olvido de la diosa Calipso. En sus brazos y en su sexo ha encontrado el consuelo por la tripulación perdida, el camino extraviado y la familia añorada. Nolan eliminó los importantes episodios de los comedores de loto y el de Nausícaa, los cuales sintetiza en las apariciones de Calipso, una Charlize Theron que debe andar con expresión cariacontecida sin más; el guion no le da a esta actriz de rango amplio de interpretación, mayores motivaciones para interpretar.

Al parecer a Christopher Nolan el rigor histórico le estorbaba para contar lo que quería contar en esta su versión de La Odisea. O al menos les estorbaban a sus anacronismos simbólicos con los que da una mirada contemporánea a la Troya e Ítaca de tres mil años atrás para evocar en ellas los días actuales de reinos de soledad y tribulación. Sus anacronismos e imprecisiones históricas no me molestan por sí mismas como a otros. Siempre he apreciado y agradecido la libertad creativa como en María Antonieta de Sofia Coppola (Marie Antoinette, 2006) con su música contemporánea y zapatillas deportivas Chuck Taylor All Star Converse.

Hagamos el siguiente ejercicio. Consideremos por un momento que esta moderna interpretación del texto homérico hubiera estado libre de anacronismos. Consideremos que, si, por ejemplo, Christopher Nolan hubiera utilizado una embarcación perteneciente al período micénico en lugar del drakkar vikingo que aparecería cuatrocientos años después; o, si en esa época todos los griegos hubieran hablado con acento estadounidense y en lugar de padre esos aqueos utilizaran la palabra dad. Esas y otras imprecisiones simbólicas hacen que la mirada clásica adquiera presencia e importancia en los tiempos que vivimos.

Los corruptos pretendientes de esa Penélope que espera y teje el engaño para no desposarlos evocan a los voraces techo bros que hoy día celebran el anarquismo moral, el progreso asesino, el culto a la ignorancia y la sumisión a la inteligencia artificial; cuando Ulises le dice a Penélope que, más que debido al rapto de su esposa Helena, Menelao actuó motivado por el control de las rutas comerciales, no podemos menos que pensar en el estrecho de Ormuz. Y, cuando utiliza indistintamente vestuario y utilería de diferentes épocas de la historia que no pertenecen a los tiempos de La Odisea como vestimenta medieval pienso que quiere decirnos que todo es cíclico; que las civilizaciones colapsan y que la nuestra hoy, al igual que la Edad de Bronce también colapsará. Nolan reflexiona que estamos en el albor de un nuevo orden mundial. Aun así, esta Odisea sigue quedándome corta; pues no se trata de la precisión histórica únicamente: “It´s about cinematografía, stupid”.

No puedo negar que en la superficie La Odisea es una película espectacular; impresionante, pero normalita. No es mala. Es normalita en su cinematografía, normalita en sus actuaciones. Terrible insistiré, en su edición.

Sé que saltarán señalándome que la fotografía de La Odisea es soberbia. Y algo tendrán de razón. Me pareció interesante que las escenas de la habitación de los banquetes donde los pretendientes hacen lo suyo y Odiseo llegará a hacer lo propio, tomaran la paleta de colores cobrizos de la cerámica micénica y de la Edad del Bronce; o la claridad de la iluminación casi prístina de blanca en la isla de Calipso. Pero es que si estamos atentos veremos que, de principio a fin, Nolan no compone sus planos para que se vean como imágenes de sobresaliente poder narrativo; la cámara está para captar únicamente lo que sucede, no más. No hay composición de los personajes y decorados en sentido metafórico.

Cuando los personajes dialogan unos con otros Nolan se limita a centrarlos en la pantalla en primeros planos aburridos. Lo mismo el horizonte sobre el Ponto de Odiseo que nunca nos habla narrativamente. Simplemente está ahí sin arco, repitiendo visualmente un espectáculo. Diciéndonos secuencia tras secuencia quizás, ¿que los hombres y los dioses son iguales? Recordé aquella escena en Los Fabelmans de Steven Spielberg (The Fabelmans, 2022) cuando John Ford le dio el mejor consejo de cinematografía al adolescente aspirante a director de cine: “Cuando el horizonte está abajo, es interesante. Cuando el horizonte está arriba, es interesante. Cuando el horizonte está en el centro, es muy aburrido”. Los horizontes de La Odisea permanecen en el centro; la suya es una cinematografía de lo obvio.

Acertada sí me parece la decisión de Nolan de pedirle al compositor Ludwig Göransson de prescindir de la orquestación “por no existir todavía en la Edad de Bronce”. La suya es una partitura que supone una ruptura deliberada con la tradición sinfónica del péplum y del cine de sandalias y arena. Göransson buscó un lenguaje basado en instrumentos reconstruidos de la Antigüedad: el aulós, flauta doble de la antigua Grecia, diversas liras, grandes gongs de bronce. Se centró en la percusión metálica, sintetizadores y pequeños grupos vocales. Göransson continúa su paleta musical y estilo de Dunkerque y Oppenheimer: espera que la tensión nazca tanto de la ausencia como de la presencia del sonido. Esto adquiere mayor relevancia especialmente en el episodio de las sirenas.

Me pareció fabuloso que en lugar de una melodía orquestada en el mejor estilo de Hollywood simplemente nos regalara una de las líneas que más me han gustado; aquella en la que Odiseo responde la pregunta de Euríloco, ¿cómo era el canto de las sirenas? “Era una canción sobre todas las promesas que no cumplí. Y me dijo que realmente no quiero ir a casa”, la respuesta de Odiseo.

Una de las grandes debilidades que más me molestan siempre en el cine de Nolan es el trato y desarrollo de sus personajes femeninos. O bien son villanas sin gracia como su Miranda Tate (Marion Cotillard) en Batman: El caballero de la noche renace (The Dark Night Rises, 2012) o son damiselas por rescatar. O simplemente no encuentra en sus historias un espacio para ellas como en Dunquerque (Dunkirk, 2018). En La Odisea esto lo encuentro visiblemente más grave. No desde una perspectiva de inclusión, sino de debilidad de escritor y traición al texto original homérico ya que son las diosas, las mujeres, los personajes que llevan todo el peso de hacer avanzar la acción. Samantha Morton como Circe es lo más destacado y la Penélope de Anne Hathaway sale avante a pesar de un par de escenas en donde el grito es su mayor expresión de histrionismo. Tom Holland regresa con el registro actoral al que nos tiene acostumbrados con su Peter Parker; Zendaya lo ha hecho siempre un poco mejor. Ella es una sacerdotisa del templo de Atenea que decapitan en la destrucción de Troya frente a los ojos del Odiseo de Matt Damon y que le perseguirá en la forma de la propia diosa Atenea y de la culpa.

Quizás lo que más me molesta en La Odisea de Nolan es que cambiara por la culpa el gran tema de la identidad. Que sólo planteara en palabras y no en imágenes preguntas como ¿más que por las tribulaciones de un viaje de diez años de regreso a casa en quién se ha convertido Ulises?; luego de diez años de guerra en la que convirtió su humanidad en la bestialidad más despiadada, ¿quién es ahora él en realidad? Y, sobre todo, ¿quiénes serán aquellos amados que dejó abandonados veinte años atrás?

Nunca imaginé que en mi vida llegaría a ver una versión judeocristiana de La Odisea. Christopher Nolan me la ha dado. Con confesionario y sin cura.

La culpa aparece constante como leitmotiv de La Odisea. No solo como en la encarnación de Zendaya quien transformada en la diosa Atenea, persigue a Odiseo cuando le atormentan los recuerdos, sino sobre todo en la única escena en la que por fin Christopher Nolan me presentó una escena con imágenes propia de un autor.

Odiseo disfrazado de mendigo y tomando la identidad de Sinón se arrodilla ante Penélope. Confiesa su culpa por haber violado la ley de Zeus durante el saqueo de Troya, de profanar la estatua de Atenea tras matar a su sacerdotisa y causar el colapso de la Edad de Bronce. Una escena dura y tierna a la vez que respira cine puro.

Todo el derecho artístico tiene Nolan de convertir en unidimensional emo al Odiseo al que el texto homérico sabio, impregnó de espíritu polytropo; el Ulises original es tanto picaresco como cómico. Damon es un buen Odiseo. Será candidato al Óscar a Mejor actor.

Lo más sobresaliente de La Odisea son los efectos especiales prácticos que destacan en dos secuencias particulares. Cuando Circe convierte a la tripulación de Ulises en cerdos en la isla de Eea. Ahí sí funciona el montaje de planos trepidantes y cortes haciendo que los animatronics y maquillaje cobren vida sin necesidad de efectos generados por computadora (CGI) y qué decir de la escena del cíclope Polifemo, quizás una de las escenas mejor logradas técnicamente en los últimos años.

¿Cómo te llamas?, replicará a Odiseo el cíclope.

Nadie, le responde y embriaga al gigante de un ojo luego que este devorara a miembros de su tripulación.

Aunque debería ganar el Óscar a Mejores efectos especiales, al eliminar Nolan ese diálogo, todo sentido narrativo de la escena en la novela queda reducido a un episodio extraordinario que sirve únicamente para sorprender; eye candy. La identidad como tema quedó ahí, eliminado. No me explico en qué pudo ese diálogo obstaculizar lo técnico. Creo que pudo funcionar incluso mejor.

Christopher Nolan conserva la historia de La Odisea, pero no su espíritu moral; didáctico y epopéyico. Es un cuerpo sin alma cuando pudo ser, para emplear un símil, un hermoso huevo Fabergé con una joya mucho más maravillosa dentro. Pero Nolan nos entrega lo que me pareció un huevo kínder sorpresa. Un delicioso chocolate en el exterior con un divertido juguete dentro. Pero de plástico. Una montaña rusa llena de emociones que al final del viaje, una vez uno se baja, no hay más que vértigo. Le agradezco sí que haya traído a Homero de vuelta a la imaginación del mundo.

Otro episodio que consideré de sorprendente valía por la forma en que fue filmado por Nolan es cuando en el Hades, Odiseo se encuentra con el espectro de Tiresias, quien predice que, por voluntad divina, solo él regresará a casa. Odiseo también se encuentra con el espectro de Sinón quien le reprocha por haberle causado la muerte y revela la traición de Antínoo, un simpático Robert Pattison. De nuevo aparece el tema de la culpa. Sinón, interpretado por Elliot Page, es otra de las buenas actuaciones en la película, tanto o más como la de John Leguizamo como Eumeo. Leguizamo debería recibir una candidatura al Óscar como mejor actor secundario. El episodio de los Lestrigones y el de la Isla Trinacia, ahí donde Odiseo termina perdiendo a su tripulación por desobedecer y alimentarse del ganado del dios Helios, son reducidas a lo episódico.

El del regreso de Odiseo a casa y la revelación de su verdadera identidad al vencer en la prueba final puesta por Penelope, esa de tensar el arco y atravesar el ojo de doce hachas, está mejor contado en El Regreso de Ulises de Uberto Pasolini.

Nolan decide terminar La Odisea con un episodio que va más allá de cuando el texto original termina. No es el final homérico; es el final Nolandiano. Odiseo y Penélope navegan hacia el oeste para honrar a sus soldados caídos, la pareja espera la renovación de la civilización y reflexiona que el tiempo olvidará los errores cometidos. Después de plasmar el tema de la culpa; de un momento de confesión acorde a su formación católica, Nolan no pudo evitar añadir la expiación de los pecados. ¿Abonará esta libertad creativa al carácter universal de una obra que por más de tres mil años explicaba la naturaleza y condición humana y ahora es solo una cinta de acción?

Así mi mirada a La Odisea de Christopher Nolan que como película de acción es buena, pero, aun así, no me gustó. No hay grandeza humana ni verdadera tragedia en el sentido más clásico y en la profundidad más arcana. No queda más que reflexionar en unos versos del poema Ítaca de Constantín Kavafis: “Cuando emprendas tu viaje a Ítaca pide que el camino sea largo, lleno de aventuras, lleno de experiencias. No temas a los Lestrigones ni a los cíclopes ni al colérico Poseidón, seres tales jamás hallarás en tu camino, si tu pensar es elevado”.