Por Tania Primavera

Salió el perro blanco de la casa del almendro. Sundari lo había visto en la tarde cuando fue por mucho chocolate.  Se dejó acariciar, era blanco y lindo. Pero en la noche, de repente, la mordió. Horas antes, probó el fernet, leyó la selección de poemas de Armijo, regresó a la casa del árbol hindú, caminando. Aún disfruta caminar al ocaso, como esperar que primavera vendrá.

El atrapa-sueño fucsia que también le dio una señal, desplumado lo encontró. Lo reparó como si se reparara un sueño. Después de ver el amuleto antiguo, los libros de fotografías de la ciudad perdida, de intentar subir el techo para ver el volcán, de ver árboles de granada. De comer dos paletas de chocolate. Tres ataques de indignación.

Imaginó estar entre las aguas del Río Torola. Imaginó, el  Cañón del Sumidero entre el puente, caminando por el río Paraná en Rosario o por Buenos Aires en las callejuelas. En las aceras de afuera del castillo de Chapultepec con el tráfico nocturno, admirar la pirámide de la luna en Teotihuacán, o descansar comiendo queso  y pan en el observatorio Maya en medio de la selva al lado del río de la Pasión. Imaginación es lo que queda para volver.

Al sol. De nuevo se echó agua. Varias veces. Se había hecho las trenzas y en forma de corona. Usó el dije de colibrí para estar en la cueva. Quería usar algo energético según ella.  Para recargarse, recordar quién es, y como ha ido labrando la vereda. El colibrí lo puso en el hilo de plata y estar en la cueva. Logró ordenar. Abrir el espacio. Poner las pinturas.

Noche que empezó a media noche. Inusual. Reunión de vecinos de barrio.  Las hojas de los almendros siempre verdes. Después que el chucho cumplió, y las chuchas hijas de Cuzcatlán la esperaban. Otra primavera vendrá.

Twitter@TaniaPreza


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