Por Steve Magaña*

Mucho antes de que el gobierno hablara sobre el Buen Vivir, desde las radios comunitarias de ARPAS veníamos investigando, aprendiendo y contextualizando el concepto. Existe una amplia base teórica, intelectual, académica, empírica, ancestral, paradigmática y organizacional que describe su definición.

El Sumak Kawsay (buen vivir), es una inspiración tomada de los pueblos originarios de América Latina, que describe un conjunto de prácticas y relaciones sociales sostenibles, solidarias y justas, transversalizadas por una filosofía cosmocéntrica. El término se origina de los quechuas y aymaras, pero sus prácticas han estado presentes en todos los pueblos.

Son prácticas que siempre se han hecho, siempre han existido, en algunos resquicios de estas sociedades capitalistas, pero a escala comunitaria y microterritorial; entonces, el buen vivir es una apuesta política de reivindicación de los pueblos originarios por trascender las prácticas sostenibles comunitarias a escala nacional, como una respuesta urgente a la crisis ambiental, alimentaria, hídrica, social, económica, política y cultural que el capitalismo produce en el mundo.

El buen vivir sugiere la descolonización del pensamiento eurocéntrico, para aprender a leer nuestra realidad con ojos latinoamericanos. Exige cuestionar el concepto de desarrollo como una especie de meta que se impone a todas las naciones sin distinción de particularidades geográficas, históricas, sociales y culturales de cada país.

Plantea que no existen países desarrollados ni subdesarrollados, porque eso es una lectura eurocéntrica, si no que somos países diferentes cuya única búsqueda debe ser, crear sus propias sociedades que garanticen la justicia y dignidad a todas y todos sus habitantes.

El buen vivir, plantea la felicidad de tener lo justo y necesario, que es sostenible con el medio ambiente y se contrapone al a felicidad material que sugiere el capitalismo, que depende del dinero y las cosas que se tenga, sin importar cuántos ríos se contaminen y cuántos bosques se talen.

El Sumak Kawsay plantea una crítica transformadora a nivel ontológico, axiológico, metodológico y epistemológico de la sociedad y sus instituciones, de forma tal, que no respondan a los paradigmas del mercado, sino, a los paradigmas contextuales (las relaciones sociales y ambientales).

El buen vivir es un término que aglutina la diversidad en todas sus expresiones, como característica inherente de la naturaleza, reivindica la igualdad de género, la justicia social, el ecumenismo, las prácticas ancestrales, las expresiones diversas de la juventud, el respeto al medio ambiente, la cultura de la paz, y la creación artística y literaria que libere el espíritu humano.

El buen vivir, es un término holístico y amplísimo (más adelante compartiré lo que aprendí sobre esta visión de mundo) que engloba teoría y praxis política latinoamericana, pero me causa tristeza como se ha banalizado. El uso gubernamental del concepto arrebató el sentido profundo y complejo de la idea. No es un festival, no es un cliché electorero y partidario, es una serie de subjetividades que impactan en las objetividades, que determinan las acciones humanas de transformación y eso la gente en este país no lo está percibiendo, y quiénes hacen uso del término, sin importar que estén a favor o en contra, no conocen siquiera el origen del mismo.

Para mí, el buen vivir, es una apuesta que los pueblos deben impulsar si quieren sobrevivir al escenario crítico que se avecina, producto de la violencia del capital en todos los ámbitos, pero no sé si estemos en las condiciones de alcanzar la comprensión del término, el cuál, no es obligación de ningún Estado, o gobierno impulsarlo, sino, una exigencia convencida de los pueblos por defender su vida y su dignidad de manera sostenible y solidaria.

Columinista*

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