Mientras Ivania Cruz denunciaba en Europa los atropellos del régimen salvadoreño, su casa y sus oficinas fueron allanadas en San Salvador. Su colega Fidel Zavala junto a una veintena de líderes comunitarios fueron capturados y ella tuvo que quedarse en un exilio forzado. Por si no fuera suficiente, el gobierno de Bukele activó a la Interpol para cazarla en España y meterla en el calabozo.
Editado por Ezequiel Barrera | Junio 1, 2026
Ivania Cruz se preparaba para dormir en Bilbao, después de una larga jornada de denuncias e incidencia internacional. Había viajado hasta esa ciudad española, unos días atrás, para desarmar la propaganda gubernamental que vende el régimen de excepción salvadoreño como una estrategia de seguridad efectiva. En sus reuniones y pláticas había señalado que el régimen, en realidad, es una herramienta para perseguir a personas inocentes y pobres, a periodistas, defensores de derechos humanos y opositores.
Antes de meterse en la cama, su teléfono vibró.
Al levantar el aparato, la pantalla anunciaba que ya era la medianoche, mientras que en San Salvador eran apenas las cuatro de la tarde de ese 25 de febrero de 2025. El mensaje más reciente era el que había enviado la madre de su colega Fidel Zavala. Al abrir la notificación, apareció la fotografía de un grupo de policías y fiscales apostados frente a la puerta de la vivienda. En el texto, la madre de su compañero le advertía que los agentes buscaban a Fidel y que decían tener una orden de allanamiento. Pero Fidel no estaba en casa.
De inmediato, Ivania intentó alertar a Fidel con una ráfaga de llamadas y mensajes urgentes, pero el teléfono de Fidel solo devolvió silencio. A miles de kilómetros de distancia y el Atlántico de por medio, la batería del celular de su compañero estaba descargada. Con el presentimiento de que él todavía estaba en el trabajo, Ivania abrió la aplicación de las cámaras de seguridad instaladas en las oficinas de la Unidad por la Defensa de los Derechos Humanos y Comunitarios de El Salvador (UNIDEHC) y observó, en tiempo real, que Fidel bajaba las escaleras desde el segundo nivel en el preciso instante en que un grupo de policías irrumpía por la puerta principal.
Ya no era un allanamiento aislado. Eran dos, simultáneos y coordinados en distintos puntos de San Salvador.
A mitad de los peldaños, los agentes emboscaron a Fidel. En las imágenes, Iviana vio atónita cómo lo obligaron a retroceder y subir de vuelta. Ya en la segunda planta, lo esposaron.
Todo fue tan rápido que ni siquiera sabía cómo reaccionar cuando su teléfono volvió a vibrar.
Esta vez, el golpe venía del Barrio Santa Anita. Era un mensaje de su propia madre avisando que la policía también estaba en su casa.
Ivania tecleó rápido un mensaje para indicarle que no les abriera la puerta y que les dijera que esperaran al abogado. Le pidió más detalles sobre lo que decían los agentes. Pero su madre dejó de contestar.
Así que, angustiada y sintiéndose incomunicada, se conectó a las cámaras de su propia casa para ver lo que estaba ocurriendo. Fue entonces cuando observó que los policías forzaron la puerta, entraron con armas largas apuntando a su madre y le arrebataron el teléfono de las manos.
Desde Bilbao, Ivania hizo lo único que creyó que estaba en su poder. Abrió la cámara de su teléfono, grabó un video y lo publicó en sus redes sociales. Responsabilizó al Gobierno de Nayib Bukele por lo que pudiera pasarle a su madre y denunció los tres allanamientos simultáneos, la captura de su colega Fidel Zavala y los arrestos de otra veintena de personas y líderes comunitarios ligados a la UNIDEHC.
#DenunciaPublica Hago responsable a las autoridades de la @FGR_SV, @PNCSV y @nayibbukele por los actos arbitrarios que están comentiendo contra miembros de @Unidehc están en nuestras oficinas y mi vivienda, mi madre se encuentra en casa y están intentando abrir a la fuerza. pic.twitter.com/uSpD55dBxU
— Ivania Cruz (@IvaniaCruz15) February 25, 2025
Ivania Cruz creció mirando y admirando a sus padres mientras trabajaban como activistas sociales. Desde niña, los acompañó a comunidades del departamento de La Paz, donde pudo ver y entender los problemas de familias asentadas en la franja de las líneas férreas abandonadas. Conoció a la gente que tenía por hogar a unas viviendas de lámina y barro, personas sin tierras y sin un lugar adónde ir. No recuerda haber necesitado que nadie le explicara por qué importaba luchar para cambiar esa realidad.
“Se volvió algo normal para mí. Desde muy pequeña conocí algunas situaciones y comunidades vulnerables en nuestro país. A medida que iba creciendo, me fue gustando el tema de defender los derechos de otras personas. Yo siento que eso fue como nato”.
En el colegio sacaba buenas notas, pero lo que la distinguía no era el rendimiento académico sino lo que hacía cuando detectaba una injusticia. Según recuerda, en 2008, organizó el cierre de su colegio para protestar contra los maestros que dejaban fuera de los salones a los estudiantes que llegaban tarde a la jornada vespertina.
Quienes tardaban en volver a las clases siempre eran los mismos. Los que no podían almorzar en el colegio y tenían que salir a buscar comida barata en los comedores cercanos, adonde hacían fila, comían rápido y corrían de regreso. Pero aún así, no lograban volver a tiempo. Así que los maestros los castigaban. En el fondo, según la perspectiva de Ivania, los dejaban afuera por ser pobres y no poder cumplir con reglas pensadas para estudiantes con mejores condiciones económicas.
“A los 15 años cerré el colegio. Varias personas nos pusimos de acuerdo para luchar en contra de quienes dejaban afuera de clases a los compañeros de escasos recursos que llegaban tarde precisamente porque no podían almorzar en el colegio”.
Después de esa protesta, alguien le dijo que parecía “la abogada de sus compañeros”. Y como la frase le gustó, en la universidad se inscribió para estudiar leyes.
Antes de terminar la carrera, en 2012 cofundó un bufete jurídico con el apoyo de sus compañeros universitarios. Operaban bajo la supervisión de abogados con matrícula —los estudiantes hacían el trabajo escrito, aunque los casos los firmaban otros— hasta que en 2015, al graduarse y ser autorizados como abogados, pudieron litigar por cuenta propia.
“Nunca tuve ningún cargo en ningún gobierno ni en ninguna empresa. Siempre trabajé en mi oficina jurídica. Llevábamos casos apoyando legalmente a comunidades que denunciaban el desalojo de sus tierras”.
Cuando Nayib Bukele asumió la presidencia en 2019, ese trabajo de Ivania se volvió más urgente y más peligroso al mismo tiempo. Constructoras, inmobiliarias y empresas turísticas avanzaron sobre Áreas Naturales Protegidas con una permisividad ambiental que el Estado no había mostrado antes. El propio gobierno impulsó megaproyectos —como el Aeropuerto del Pacífico— que amenazó con desplazar forzosamente a comunidades enteras. En ese contexto, líderes comunitarios de La Paz, La Libertad, Santa Ana y Usulután buscaron a Ivania y a su bufete para conseguir representación legal.
En respuesta a esa situación, Ivania y su equipo, junto a los líderes comunitarios, fundaron la Unidad de Defensa de Derechos Humanos y Comunitarios de El Salvador (UNIDEHC), con sede en el Barrio Santa Anita de San Salvador. Pero pronto se dieron cuenta de que atender casos de desalojo era insuficiente y había que hacer más.
La coyuntura los obligó a fijarse y acompañar legalmente casos de presos políticos. Luego, cuando el régimen de excepción entró en vigencia, en marzo de 2022, hubo capturas arbitrarias en las mismas comunidades donde Ivania y su equipo trabajaban. Así que el mandato de UNIDEHC tuvo que ampliarse para defender a los inocentes que eran acusados, sin pruebas, de ser pandilleros en comunidades donde, incluso, nunca hubo pandillas.
Pero eso no es todo. Estos casos exigieron también dar el salto a denunciar la instrumentalización del sistema de justicia y la corrupción del Gobierno de Bukele.
Ivania sabía que este trabajo implicaba riesgos, pero aún así lo hizo. Su inspiración eran sus padres, quienes se lo habían dicho de muchas maneras a lo largo de su vida, pero ninguna tan directa como la frase que su madre repetía: “Preferimos morir de pie que vivir de rodillas”.
Ampliar el trabajo de la UNIDEHC no fue solo la respuesta a la coyuntura del país. Para Ivania se convirtió en una urgencia personal. Una labor en la que tuvo que involucrarse a fondo, a pesar de estar en una etapa de su vida que requería toda su atención.
En noviembre de 2020 había dado a luz a su primer hijo, por lo que estaba de licencia y dedicándose a tiempo completo a la maternidad. Pero esa pausa fue apenas un breve paréntesis. En febrero de 2021, cuando su bebé cumplía tres meses, la Policía capturó a su hermano Ever Stanley Henríquez Cruz. La Fiscalía lo había marcado como uno de los implicados en el “Caso Monarca”.
En ese momento, el instinto de abogada la hizo ponerse en pie y liderar la defensa legal de su hermano. Suspendió la lactancia de golpe y dejó a su niño al cuidado de la abuela. Era un asunto que no podía postergar y, como defensora, sintió que debía ponerse en primera fila de la batalla legal.
“Ahí tuve que hacer sacrificios, como los primeros meses que hubiera querido dedicarle a mi hijo. Le quité la lactancia materna y lo dejé a cargo de mi madre. Yo, en ese momento, dije que tenía que asumir la defensa legal de mi hermano. Recuerdo que en ese tiempo estaban desarticulados los partidos políticos y las organizaciones también, y Bukele estaba en su máxima popularidad”.
En esa época, El Salvador comenzaba una caída libre hacia el cierre del espacio cívico y democrático. Los partidos políticos tradicionales habían perdido las elecciones legislativas y municipales, como consecuencia del rechazo ciudadano a su historial de corrupción. Mientras ese viejo poder político se derrumbaba, Bukele y su partido Nuevas Ideas estaban conquistando la opinión pública, bajo la promesa de una refundación nacional. Al mismo tiempo, las organizaciones de la sociedad civil empezaban a chocar contra muros burocráticos, bloqueos sistemáticos y el desprestigio que difundía el gobierno.
En medio de ese momento político, Ivania se levantó para coordinar la defensa legal de su hermano. Pero en el camino, asegura, se encontró con que no se trataba de un caso aislado, sino de un patrón de persecución política.
“Para mí, ese Caso Monarca, en el que se fue en cuenta mi hermano, fue como una venganza política (del Gobierno de Bukele) en contra de exfuncionarios del FMLN”, señala Ivania.
La respuesta de Ivania ante los casos de presos políticos, en coherencia con su trayectoria, fue unirse a compañeros de su equipo y de otras organizaciones sociales para cofundar el Comité de Familiares de Presos Políticos de El Salvador (Cofappes). Como vocera de ese comité, denunció las irregularidades del “Caso Monarca” y de otros casos que consideraba como persecución política.
El Caso Monarca fue un proceso de investigación, según la versión oficial de la Fiscalía, contra la corrupción municipal en Zacatecoluca, La Paz. Pero Ivania y organizaciones de sociedad civil afirman que la acusación en tribunales se sostuvo sobre la ilegalidad institucionalizada, con detenciones arbitrarias y un uso de la prisión preventiva diseñada para castigar a los detenidos sin antes haber sido condenados.
El ensañamiento fue tal que la propia Corte Suprema, a solicitud de Cofappes, tuvo que abrir una investigación disciplinaria en contra de la jueza que llevaba el caso por “mantener en prisión ilegal” a los procesados que tenían medidas sustitutivas a la prisión.
El hermano de Ivania, quien había sido el cuarto regidor de la alcaldía de Zacatecoluca, pasó 23 meses en prisión, hacinado entre reos comunes y pandilleros, bajo un régimen de aislamiento que la familia denuncia como tortura médica y psicológica. Perdió casi dos años de su vida en prisión hasta que los jueces lo liberaron en un proceso separado y con una fianza de $25,000.
La libertad de su hermano no trajo la paz para Ivania, sino el chantaje. Tan pronto como salió de la cárcel, Ivania recibió una amenaza anónima para que dejara de hacer su trabajo en defensa de las comunidades en procesos de desalojos, de los presos políticos, de los inocentes capturados bajo el régimen de excepción y de la denuncia de la corrupción gubernamental.
“‘Bueno, ya sacamos a tu hermano y ahora te quedas callada’, así decía esa amenaza que me llegó. Me querían chantajear. Entonces, le dije a mi hermano que se tenía que ir del país y él se fue al exilio. Y yo le dije: ‘Yo estoy en una posición en la que ya no puedo dar marcha atrás’. Aunque saqué a mi hermano, yo no quise dejar la lucha porque ya estaba muy involucrada y no podía dejar solas a las madres y mujeres que pedían apoyo legal afuera de las cárceles”.
Esas madres y mujeres, a las que se refiere Ivania, son las que conoció cuando ella misma iba a las cárceles a dejarle paquetes de comida y utensilios de higiéne personal a su hermano. Mientras hacía largas filas para entregar los paquetes, platicaba con esposas, hijas y madres de hombres pobres e inocentes capturados bajo el régimen de excepción. Junto con ellas, también era denigrada por los custodios que las maltrataban y las insultaban acusándolas, sin pruebas, de ser familiares de pandilleros y, por lo tanto, que no merecían respeto.
“Los custodios te discriminan, te preguntan: ‘¿La mujer de qué pandillero sos?’. Afuera de los centros penales vivís mucho estigma. Y yo cada vez me iba como envolviendo en esa situación. Y yo decía: ‘No solo nosotros somos víctimas, sino que hay mucha gente que está en esta situación’. Y, entonces, aunque mi hermano salió libre, yo no me quise salir del país”.
Cuando el hermano de Ivania se exilió, la familia ya estaba fragmentada. Antes de Ever Stanley, dos hermanas ya se habían exiliado en Madrid, España, tras observar que vehículos las seguían o que permanecían afuera de sus casas.
“Cuando ya me convertí en figura pública, luego de denunciar los casos de presos políticos, vinieron las consecuencias. Vimos vigilancia estatal, que en ese momento no la podíamos denunciar. Yo solamente comencé a documentar la vigilancia de los vehículos, la de mi casa, la de mis hermanos y mis hermanas. Ellas, mis hermanas, no aguantaron la presión. Es que ellas nunca han andado en cuestiones políticas. Así que no aguantaron la presión y en el 2022 decidieron irse del país”, explica.
Dos años después, en mayo de 2024, el exilio alcanzó a su padre. Ese mes, la narrativa oficial se tejió alrededor de un supuesto atentado con explosivos, supuestamente coordinado por la oposición, para sabotear la segunda investidura presidencial de Bukele. El desenlace del caso fue la captura de un grupo de veteranos de guerra, hombres de edad avanzada y cuerpos enfermos, a quienes la Fiscalía todavía no les ha probado contundentemente ninguna conspiración terrorista.
El padre de Ivania, aunque ajeno a ese grupo de veteranos detenidos, leyó en el caso una señal definitiva para irse del país. Concluyó que la persecución política era un hecho en contra de excombatientes, como él, y que quedarse era un riesgo. Así que, tras ordenar sus asuntos, también se marchó.
“Mi papá fue veterano, fue excombatiente. Entonces él decide irse porque estaba viendo que la situación estaba cada vez peor”, recuerda.
En San Salvador, la labor de Ivania en la UNIDEHC persistió, pero bajo un acoso policial que cada día se volvía más intenso. Los agentes ya ni se esforzaban en ocultarse mientras hacían la vigilancia. Inicialmente, se quedaban cerca de las oficinas y de las casas de Ivania y sus compañeros. Luego, les daban seguimiento en vehículos. Después, instalaron retenes frente a las oficinas y las viviendas, donde los registraban. Cada vez que la organización convocaba una actividad, la Policía también aparecía para exigir documentos, una situación que Ivania señala como intimidación diseñada para sembrar el miedo.
Para salvaguardar la información de los casos y seguir un protocolo de seguridad ante el constante acoso policial, Ivania y su equipo decidió instalar cámaras de seguridad. Con esto, explica, se estaban preparando para posibles capturas.
“Desde 2021, yo tenía conocimiento sobre un listado de posibles capturas. Eran 62 personas en aquel tiempo, la mayoría funcionarios (de los gobiernos del FMLN). A esa lista, según fuimos conociendo, se fueron sumando periodistas, sindicalistas y gente que asistía a las marchas. También tuvimos conocimiento de que la Fiscalía y la Policía elaboraron unas fichas de estas personas, yo incluida, que se actualizaban con información nuestra de lo que denunciábamos públicamente en redes, en conferencias y en las marchas. Así que cada vez estábamos en una línea bien frágil y nosotros nos preguntábamos: ‘¿Cuándo va a llegar nuestro turno de ser capturados?’”.
Tal y como lo suponían, ese día de las capturas y allanamientos llegó. Fue el 25 de febrero de 2025. Desde Bilbao, Ivania pudo ver en tiempo real lo que transmitían las cámaras de seguridad instaladas en las oficinas y en su casa.
Fue esa noche cuando pudo observar, en la pantalla de su celular, a los policías forzando la puerta de su casa y entrando con armas de fuego apuntando al rostro de su madre. Con impotencia, vio cuando se llevaron detenido a su compañero Fidel Zavala, quien había denunciado las torturas en las cárceles y la responsabilidad del director general de Centros Penales, Osiris Luna.
En medio del dolor, el único consuelo fue que su hijo se encontraba fuera de El Salvador y por eso no tuvo que ver la brutalidad con que los policías irrumpieron en la casa.
“Por suerte, porque yo también he denunciado que nadie me iba a revertir el trauma que le iban a dejar a mi hijo, porque a esa hora, ese día, era muy seguro que mi niño estuviera al cuidado de mi mamá en la casa. O sea, fue gracias a Dios que el niño había salido. La única fue mi mamá, que me tocó sacarla después”.
En medio de la redada, las noticias llegaban a cuentagotas desde San Salvador a Bilbao. La poca información que Ivania logró conseguir, en los primeros momentos, fue que la Fiscalía no contemplaba su captura. Las órdenes de detención de esa tarde apuntaban a más de 20 líderes comunitarios y dos integrantes de la UNIDEHC: su pareja Rudy Joya y su colega Fidel Zavala. A todos, las autoridades los acusaron de los delitos de agrupaciones ilícitas y comercialización ilegal de terrenos.
“El de agrupaciones ilícitas, que es el delito que le ponen a todas las personas en el régimen de excepción, fue porque la Fiscalía quería dañar la imagen de UNIDEHC. Ellos mostraron una imagen donde decía que era una organización que no estaba registrada en Gobernación. Y dijeron que si no estábamos inscritos, entonces éramos ilegales y una agrupación ilícita. Todo es absurdo. Lo otro es el delito de comercialización ilegal de terrenos, que eso es falso. Dijeron que nosotros andábamos vendiendo terrenos a la gente, pero eso es falso. Nuestro trabajo siempre fue apoyar legalmente en procesos de desalojo”.
Después de que Ivania publicó los videos de los allanamientos y el video en el que denunció las capturas arbitrarias, su nombre fue incluido en la lista de personas a detener.
Rudy, por su lado, no fue capturado porque también estaba fuera de El Salvador en un evento familiar. Así que al enterarse de los allanamientos se reunió con Ivania en España y juntos decidieron no regresar al país. Consideraron que no podían someterse a un proceso judicial bajo las condiciones actuales del sistema judicial salvadoreño, donde ya no existen las garantías del debido proceso y donde los jueces y fiscales responden a los intereses de Bukele.
De golpe, España se convirtió en su nuevo hogar y el lugar donde solicitaron, de inmediato, protección internacional ante la persecución política que estaban enfrentando.
“No esperaba quedarme. O como yo lo digo, no esperaba quedarme secuestrada en este país. Mucha gente ha salido al exilio, pero con la mentalidad de que salió de su casa y se despidió de quienes quiso. Agarraron los papeles que querían, se trajeron la ropa que querían. Y yo no tuve esa oportunidad. No pude despedirme de algunas personas, no pude arreglar mi documentación ni muchas cosas. Yo traía una maleta de mano y hasta ahí. Eso era lo único. Lo que más fuerte me pegó, emocionalmente, es que el exilio me llegó y yo no estaba preparada, yo no pude salir como hubiese querido salir del país”
Mientras Ivania y Rudy todavía intentaban ajustarse a su nueva realidad de no poder regresar a El Salvador y quedarse en el norte de España, la persecución política los alcanzó hasta en el exilio.
En julio de 2025, Rudy fue citado para ampliar la información de su caso en una comisaría. En el lugar, los policías le informaron que tenían una alerta roja de Interpol y que, en realidad, había sido citado para ser arrestado. Esto no era una sorpresa para Ivania y Rudy, ambos sabían que el gobierno salvadoreño también era capaz de mantener la persecución política en el exterior. Precisamente por eso habían solicitado protección internacional.
Una vez arrestado, a Rudy lo trasladaron hacia Madrid, donde permaneció en una celda por más de 36 horas. Luego de ese tiempo fue presentado ante un juez, quien luego de valorar su caso declaró que no sería extraditado porque era un solicitante de refugio por persecución política.
Los abogados que acompañaron el caso de Rudy sugirieron a Ivania que lo mejor sería que ella se presentara voluntariamente ante la Policía. Así, su caso también sería llevado ante un juez.
“Cuando me presenté voluntariamente, los policías estaban sorprendidos. Me dijeron que por una alerta roja de Interpol jamás nadie se había presentado. Me preguntaron si estaba segura de lo que estaba haciendo y que lo que procedía era meterme en un calabozo. Yo les dije que sí. Y luego, me llevaron al calabozo, que en realidad es una celda”.
Ese día, la Ivania que defendía a presos políticos en El Salvador terminó al otro lado de la reja. Su mundo se redujo, durante cuatro horas, a la hostilidad de un calabozo español, que describe como una celda pequeña equipada apenas con un colchón delgado sobre el cemento y un retrete. Recuerda que en la soledad de ese calabozo no tenía miedo, sino esperanza.
A Ivania la sostenía la certeza de que las autoridades europeas actuarían respetando el debido proceso y los tratados internacionales que protegen a las víctimas de la cacería política.
“Yo solo pensaba en que esto era lo mejor, ya que aquí (en España) por lo menos se respeta el debido proceso. No como en El Salvador. Allá en El Salvador no me iba a entregar voluntariamente, porque ya no existen las garantías legales”.
Esas diferencias con los tribunales del bukelismo, según indica Ivania, incluyen el acceso total de los abogados al caso y que, por regla general, los jueces son independientes y no responden a los intereses del mandatario o de determinados grupos políticos.
“Cuando llegó la hora de la audiencia, yo sentí que mis derechos fueron respetados. Aunque sí, el ambiente de una audiencia siempre es tenso. Y claro, no es lo mismo ser la abogada y defender derechos de otros, que estar en ese banquillo. Pero, como ya lo sabíamos, aquí por lo menos se respeta el debido proceso y logré salir, al igual que Rudy”.
Luego de ese “susto con la Interpol”, como ella bautizó al incidente, las voluntades políticas comenzaron a mostrarse a su favor. En marzo de 2026, España otorgó oficialmente la protección internacional definitiva para Ivania, Rudy y su hijo. El exilio mutó entonces de una condición transitoria a una realidad administrativa e irreversible.
🗣️ Estado Español concede protección internacional:
— Ivania Cruz (@IvaniaCruz15) March 3, 2026
📝Esto representa una victoria para las personas defensoras de derechos humanos que aún en el exilio seguimos denunciando las violaciones de derechos humanos en El Salvador.
📝Una derrota al Gobierno de Bukele que utilizó… pic.twitter.com/JkjKtbY1wz
Hoy la vida transcurre en Bilbao, donde el paisaje del País Vasco sustituye al asfalto caliente del Barrio Santa Anita y donde su hijo asiste a la escuela y aprende el euskera, un idioma que ahora forma parte de su nueva vida.
A pesar de estar lejos y en condición de exilio, Ivania se resiste a la resignación. Dice que simplemente no puede parar de defender los derechos de otros, tal y como aprendió de sus padres, cuando era una niña. Así que lejos de vivir en anonimato, buscó a otros compatriotas dispersos por la geografía vasca y cofundó el Comité de Solidaridad de Salvadoreños y Salvadoreñas en Euskal Herria contra la Dictadura de Bukele.
“Tuve que comenzar de cero en el exilio. Tuve mis momentos de depresión, como cualquier persona natural. Pero hay algo que me ha sujetado en mi duelo del exilio. Y eso es el activismo. Entonces me he agarrado tanto del activismo, para andar entre organizaciones, entre marchas, entrevistas y todo eso. Mi salvavidas fue el activismo”.
A miles de kilómetros y el Atlántico de por medio, la UNIDEHC sigue operando en las comunidades de San Salvador bajo el asedio diario del régimen. Ivania se conecta a las reuniones virtuales, burlando la distancia con las dificultades propias de una resistencia remota. Asegura que ni el exilio ha logrado bajar sus brazos, porque entiende que su propósito de vida, independientemente del lugar donde esté, es defender la dignidad humana de otros.
“Es que yo tengo un compromiso desde muy pequeña por lo que me inculcaron mis padres. Y este compromiso es, incluso hasta con Dios, que si me ha puesto en esta posición, pues es para hablar por otros que tienen miedo de hablar. Es un reto y hay sacrificios personales, pero yo lo hago porque considero que es algo valioso”.
Este reportaje ha sido producido en el marco de la beca de producción periodística de DW Akademie y el Instiuto de Prensa y Libertad de Expresión (IPLEX) y se enmarca en el proyecto global “Space for Freedom”, que a su vez forma parte de la iniciativa Hanna Arendt, promovida por el Ministerio de Relaciones Exteriores de Alemania.