Nayib Bukele agradeció a sus seguidores por convertirlo en el presidente de El Salvador y arrebatar el poder ejecutivo al FMLN y Arena, tras 30 años de corrupción. Sus seguidores lo hicieron presidente, sin tener explicaciones de cómo cumplirá sus promesas o quiénes conformarán su gabinete. Lo único que realmente les importaba a sus seguidores era sacar al FMLN de Casa Presidencial e impedir que Arena regresara.


Por Ezequiel Barrera

La plaza Morazán, ubicada en el corazón del Centro Histórico de San Salvador, se queda pequeña para los miles de salvadoreños que esta noche quieren ver y celebrar al presidente electo, Nayib Bukele. Ese político, empresario y tuitstar de 37 años, que arrebató la presidencia de la República a los partidos FMLN y Arena, con el 53% de los votos válidos en las elecciones de este 3 de febrero, según los datos preliminares del Tribunal Supremo Electoral (TSE).

Así que, como si no hubiera otra oportunidad de escucharlo, los que ya no pudieron avanzar entre la multitud hacia la tarima, se acomodan en los niveles dos y tres del estacionamiento Morazán. Otros suben a los pocos árboles de la plaza y algunos hasta se aferran al monumento Francisco Morazán, para ver por encima de la multitud hacia la fachada estilo renancista francés del Teatro Nacional, donde su elegido hablará.

Son las 10 de la noche y un DJ pone reggaeton y música electrónica que retumba en las bocinas, para matar el tiempo mientras aparece Bukele. Es que esta noche también es fiel a su impuntualidad. Los congregados, en su mayoría jóvenes, bailan todo lo que escuchan, aún en sus estrechos espacios.

Finalmente suena la canción «Viva la vida, de Coldplay», que ha sido la canción que anuncia la llegada de Bukele en cada mítin. La multitud, al escucharla, grita. Sabe que ya está en el lugar. Levanta los celulares y hace historias para Instagram y Facebook. Otros celebran fumando droga o bebiendo latas de cerveza, cuando todavía es ley seca.

Tres de sus guardaespaldas, uno con un bolsón donde esconde un arma larga, suben a la tarima junto a un equipo personal de fotógrafos y videógrafos. La multitud grita más fuerte. La canción sigue sonando. Nayib Bukele sube las gradas de la tarima, tomado de la mano derecha de su esposa Gabriela, y con su otra mano saluda.

La multitud no lo soporta, grita más. Fuegos artificiales de colores explotan en el cielo. «Nayib, Nayib, Nayib», grita al unísono la masa. Gabriela le dice algo al oído a Bukele y luego sonríen, como lo hacen siempre que se suben a una tarima, casi calcado, como ensayado.

La canción acaba y Bukele se coloca para hablarle a la multitud.

«Este día es histórico para nuestro país. Este día El Salvador destruyó al bipartidismo. Después de 27 años de firmados los Acuerdos de Paz, este día pasamos por fin la página de la posguerra. Con más votos que Arena y el Frente unidos, este día hicimos historia», dice, mientras sus seguidores gritan y hacen sonar vuvuzelas y tambores.

Su principal argumento, durante toda la campaña presidencial, fue que los partidos Arena y FMLN eran en esencia lo mismo (de siempre): corruptos que robaron y saquearon al pueblo durante los últimos 30 años, desde 1989. Su campaña hizo eco en los salvadoreños que pensaban lo mismo y que estaban hartos. Los convenció de que la única manera de acabar con eso era que surgiera una tercera opción. Esa opción, por supuesto, la representaba él y su movimiento «Nuevas Ideas».

A sus seguidores, hartos de Arena y el FMLN, no les importó que Bukele se ausentara de los debates presidenciales o conversatorios ambientales para explicar sus propuestas. Tampoco les interesó, por transparencia, que les dijera quiénes financiaron su millonaria campaña (de aproximadamente $9.4 millones, según estimaciones de Acción Ciudadana). No exigieron saber quiénes conformarán su gabinete de gobierno, o cómo logrará la gobernabilidad con tantos enemigos políticos que ha hecho. Lo único que les interesó es que Bukele representaba la oportunidad de sacar del poder ejecutivo al FMLN y Arena.

Por 23 minutos, y entre aplausos y gritos, Bukele felicita y agradece a los salvadoreños que votaron por él, a través del partido Gana. De hecho, saluda a sus amigos de Gana, quienes no subieron a la tarima a celebrar. Y la multitud grita, enardecida, para saludarlos.

Gana tiene 10 años de existir, desde que se fundó tras la división del partido Arena. En ese instituto político, a quienes llamó sus amigos, están el vicepresidente de la Asamblea Legislativa, Guillermo Gallegos, quien ha sido investigado por actos de corrupción, como entregar más de un cuarto de millón de dólares, que provenían de fondos públicos, a una ONG de su esposa. Esa organización supuestamente favorecía con programas de desarrollo a municipios. Pero cuando los periódicos LA PRENSA GRÁFICA y El FARO investigaron, encontraron que esa ayuda nunca llegó. De hecho, en las alcaldías de esos municipios ni siquiera sabían de la existencia de esa ONG.

En ese partido también ha sido una figura muy importante el expresidente Elías Antonio Saca, quien ahora está prisión por desviar $301 millones, del dinero público. Su primo, el operador político Herbert Saca, también es una figura importante en Gana, aunque menos visible. Herbert estuvo cerca del expresidente del FMLN Mauricio Funes, quien actualmente es reclamado por la justicia salvadoreña por desviar más de $350 millones.

Luego de los saludos, Bukele felicita a sus seguidores por hacerlo ganar la presidencia. Les dice que si ganaron la presidencia para él, cualquier cosa es posible en El Salvador y que se sentirán orgullosos de vivir en este país.

«Vamos a construir gobernabilidad y vamos a trabajar con todas las fuerzas políticas. Pero eso no quiere decir que vamos a perdonar lo robado. El dinero del pueblo debe regresar al pueblo. Por todo nos deben $37,000 millones y van a tener que empezar a pagar, así que empiecen a ahorrar. Y para eso, para que no sean palabras que se las lleva el viento, vamos a traer una comisión internacional contra la impunidad y corrupción», dice y la multitud lo vitorea.


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