Si bien muchos aplauden la aprobación de una ley catalogada como histórica, muchos aún ven con recelo una nueva normativa  que hasta el momento se desconoce su forma de administración, en un sector cultura que poco o nada es prioridad en el conglomerado coyuntural salvadoreño.


Por Xochitl Acevedo 

—Una vez fui a querer promover lo que yo hago (pinturas y artesanías) a un centro cultural, sin embargo, me salieron diciendo que ya no había cupos para que yo entrara, solo quería mostrar mi arte, no pedía más nada, que un espacio. Ojalá que con esta nueva ley den espacio, pero más que eso, den oportunidades a pequeños artistas, porque como yo, hay muchos—, expresa Carlos Ademar, pintor y artesano.

La Ley de Cultura fue aprobada con 73 votos el pasado 11 de agosto en sesión plenaria en la Asamblea Legislativa, calificando la cultura como un derecho indispensable para los ciudadanos y una obligación del Estado en promoverla.

Al respecto, Gato Encerrado buscó conocer las reacciones de varios artistas de distintas ramas del arte y con distintas experiencias. Ademar es uno de los muchos artistas que han manifestado sus reacciones ante la reciente aprobada Ley de Cultura en El Salvador.

Muchos concuerdan en que la existencia de una ley de este tipo era necesaria para las gestiones de proyectos culturales y educativos “como una herramienta primordial para la formación de una entidad nacional” considera Melissa Lucha, poeta originaria del municipio de Quezaltepeque.

Para Juan Carlos Miguel, la nueva ley ha venido a dar un respiro a la actividad artístico-cultural. Miguel es cantante del grupo Zenzontle y conductor del programa “Cultura Latinoamericana” en YSUES Radio y asegura que otorga “una base a los derechos de los pueblos indígenas como importancia al trabajo desarrollado en las comunidades por las Casas de la Cultura”.

Haciendo énfasis, Miguel, recalca que la ley permitirá cobrar lo justo y legal por su trabajo, al ser reconocidos legalmente como artistas, ya que son muchos los contratistas que se niegan a pagar justamente por el trabajo brindado.

Las plataformas que contiene la nueva ley en sus 108 artículos son: la Gestión Estatal del Arte y la Cultura, Patrimonio Cultural, La Educación Artística, Derechos Culturales, Pueblos Originarios, la Libertad de Creación Cultural, Empresas Culturales Nacionales y el fomento por el Estado y la Protección Social de los Trabajadores de la Cultura y el Arte y el Fondo Nacional Concursable para la Cultura y las Artes (FONCCA).

Sin embargo, a pesar de que muchos grupos artísticos consideran que es un gran paso la existencia de una ley de cultura, ven algunos vacíos en esta que podrían causar el cumplimiento a medias.

Lucha expresa la falta de entidades comerciales de cine y sindicatos que ayudarían a una gestión cultural constante para la fomentación de espacios participativos.

“Anteriormente el proceso para presentar un proyecto se realizaba mediante una personería jurídica directamente a la Secretaria de Cultura, ahora con la ley, primero debe presentarse el proyecto ante los gobiernos municipales, quienes lo presentarán ante la Secretaría de Cultura”, expresa la poeta quezalteca.

Otro en expresarse sobre la nueva ley es Otoniel Guevara, periodista y escritor salvadoreño. Él asegura que uno de los traspiés de la cultura es la preferencia de beneficios.

“Esta nueva forma de trámites da pie a que exista “el amiguismo” – más de lo que ya existe en muchas instituciones – ya que los proyectos solo son brindados a  personas de un mismo contexto social y político de los que manejan estas entidades”, enfatizó Guevara.

Como ejemplo de esto, el escritor expresa que en un concurso -del cual es partícipe-  avisaron a menos de un mes a los interesados a presentar sus proyectos entre septiembre y diciembre del presente año, es decir a tan solo un mes de anticipación, sin la oportunidad de que la gente se prepare.

“Por el momento la mayor parte de cosas se ganan por amiguismo, clientelismo y no por capacidad”, concluyó el autor de Pohemas.

Otro ejemplo, es el que narra Melissa, “en Quezaltepeque el Sitio Arqueológico de las Marías se encuentra abandonado, como las alfarerías -que poco se conservan- muestran un valor significativo para el municipio pero la alcaldía no tiene un presupuesto destinado a este tipo de actividades. El dictamen, da a conocer un fondo de gestión cultural precario, limitando la ejecución eficaz de proyectos culturales y artísticos”.

Al respecto, Carlos Abrego, lingüista y poeta salvadoreño y autor del poemario “El viento y el resto”, señala que es excesivo cifrar tanta esperanza en una ley, ya que considera que el “problema general de la cultura en el país es la falta de medios para poner en contacto al público en general cultivándoles desde la infancia el interés por la lectura, la música, la pintura, el teatro y cualquier arte cultural existente”.

Mientras que, Waldemar Romero, poeta urbano salvadoreño, manifiesta que es necesario que haya “sensibilidad cultural en la población” pues muchas personas no saben lo que realmente implica la cultura y cómo ser parte de ella.

“La Ley de Cultura establece un respaldo jurídico, pero no aporta nada al desarrollo artístico- cultural de nuestra sociedad”, expresa Waldemar, un poeta urbano que declama poesía parado sobre una silla en la Plaza Morazán de San Salvador.

Él considerando esto, porque si no hay respeto para una ley, no habrá respeto para los proyectos culturales que enriquezcan a una sociedad y la transciendan sensibilizándola.

Por último el escritor y pintor salvadoreño, Mario Bencastro, espera que esta ley potencie el gran talento que muchos artistas tienen en el país y que se quedan si demostrarlo por falta de apoyo.

“Esperemos que la ley se implemente y se aplique para que nuestra cultura y nuestros creadores en todas las expresiones salgan a la luz, sean apoyados y que el mundo los conozcan, porque hay mucho talento en nuestro país que se pierde”, puntualizó Bencastro.

El conglomerado de artistas nacionales aún ven con recelo la aprobación de una ley que hasta el momento se desconoce su forma de administración ante un sector cultura que poco o nada es prioridad en el conglomerado coyuntural salvadoreño.

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