El Salvador ha cumplido cuatro años bajo régimen de excepción. En este tiempo, la “excepción” se volvió la nueva cotidianidad. Bajo esta realidad, los salvadoreños tienen algunas garantías constitucionales suspendidas. Por ahora, pueden ser detenidos sin que las autoridades informen los motivos de la captura, una vez capturados tampoco tienen derecho a la asistencia inmediata de un abogado y pueden permanecer detenidos sin ser presentados ante un juez por un tiempo que, en la práctica, es casi indefinido. Además, las autoridades tienen la facultad para realizar intervenciones telefónicas y de correspondencia sin una orden judicial previa.
El Gobierno de Nayib Bukele ha sostenido que el régimen de excepción ha sido vital para su guerra contra las pandillas y por eso lo ha prorrogado durante cuatro años. Sin embargo, los hechos documentados por el periodismo y las organizaciones de sociedad civil revelan que en medio de esa supuesta guerra hay miles de personas inocentes que han sido capturadas arbitrariamente , torturadas, mantenidas en prisiones sin pasar por un juicio, incomunicadas con sus familias y, en el peor de los casos, han sido asesinadas bajo tutela del Estado o han fallecido por negligencias al no ser atendidas oportunamente por médicos.
El régimen de excepción, además, pasó de ser una herramienta legal contra pandilleros para convertirse en un instrumento de persecución dirigido contra quienes no se alinean a los intereses del gobierno. Muestra de esto es que ambientalistas, sindicalistas y defensores de derechos humanos han sido capturados arbitrariamente y procesados bajo este régimen, enfrentando acusaciones que, en realidad, fueron motivadas por la labor que desempeñan.
Todo esto ha motivado que organismos nacionales e internacionales de derechos humanos realicen investigaciones y emitan declaraciones, señalando la existencia de violaciones graves y sistemáticas a los derechos humanos de la población civil en el país. Por consiguiente, consideran que hay bases razonables para catalogar estas acciones como crímenes de lesa humanidad.
Este tiempo también equivale a decir que más del 58 % del mandato de Bukele ha sido bajo régimen de excepción, prorrogado mes a mes por la Asamblea Legislativa controlada por el partido oficialista Nuevas Ideas. La desarticulación de las pandillas, según la narrativa del bukelismo, ha logrado que El Salvador se posicione como “el país más seguro del hemisferio occidental”.
Durante estos cuatro años, GatoEncerrado ha documentado decenas de testimonios que evidencian cómo el régimen se desvirtuó rápidamente de su finalidad original. Capturas arbitrarias —muchas de ellas para cumplir cuotas impuestas a los policías—, desapariciones forzadas, torturas, muertes al interior de centros penales, falta de información y comunicación, así como persecución y criminalización de defensores de derechos humanos y voces disidentes, son algunos hechos a los que este medio ha dado cobertura permanente.
Los impactos del régimen se han concentrado principalmente en los sectores más vulnerables y empobrecidos del país. Estas personas, ante la cooptación de las instituciones públicas como la Procuraduría para la Defensa de los Derechos Humanos y pese al temor, decidieron en su momento compartir sus casos con esta revista. Esto forma parte del trabajo que GatoEncerrado ha realizado sobre el régimen de excepción desde su entrada en vigencia.